JAVIER SAMPEDRO 10/07/2010
"No puedo reprimir una expresión de sorpresa", escribía el premio Nobel holandés
Hendrik Lorentz en los años veinte, "ante el hecho de que, a juzgar por las
informaciones de The Times de Londres, haya tantas quejas sobre la dificultad de
entender la nueva teoría de la relatividad.
Es
evidente que el librito de Einstein Sobre la teoría de la relatividad especial y
general no ha llegado a Inglaterra en tiempos de guerra".
La reprimenda de Lorentz al público
británico, sin duda un punto ingenua, se puede extender en el tiempo y el
espacio hasta llegar a nuestros días y alcanzar a los públicos más diversos,
incluido el holandés.
La relatividad de Einstein sigue
siendo el paradigma de lo impenetrable, casi un sinónimo culto de la oscuridad.
Y sin embargo ahí está el librito de divulgación de Einstein (Sobre la teoría de
la relatividad especial y general, Alianza) al alcance de todo el que quiera
leerlo.
El físico lo escribió en 1917, solo un
año después de formalizar la versión final de la relatividad, como si no hubiera
nada más urgente entonces que poner su teoría a disposición del público. Y allí
están la mayor parte de los recursos divulgativos que se han utilizado después
mil veces por otros autores para explicar la relatividad: el tren en marcha, el
peatón parado junto a la vía, el pasajero que camina por el vagón, los dos
relojes que miden tiempos distintos.
En el primer apéndice Einstein muestra
cómo llegar a las ecuaciones de la relatividad especial con unas ramplonas
matemáticas de bachillerato. El libro es el antónimo de la oscuridad.
Los grandes descubrimientos
científicos son grandes porque arrojan un torrente de luz y claridad a su
disciplina. La genética era genuinamente incomprensible para el lego hasta
mediados del siglo XX: cincuenta años de trabajo de centenares de laboratorios
de todo el mundo habían producido tales masas de datos que ni siquiera los
especialistas podían presumir de conocerlos por encima.
De hecho, un trabajo crucial donde
Oswald Avery demostraba que el ADN era el portador de la información genética
había pasado casi inadvertido para la comunidad científica.
Pero esa situación cambió de forma
instantánea en 1953, cuando James Watson y Francis Crick descubrieron cuál era
la forma física de los genes: la ahora célebre doble hélice del ADN.
Esa forma contiene en sí misma una
explicación luminosa, simple y elegante de casi todas las complejidades de la
herencia en casi todos los organismos del planeta. Desde esa fecha, la genética
se puede explicar a un niño sin el menor problema. Y fue también uno de los
descubridores, Watson, el primero en ocuparse de divulgar el hallazgo al público
general. Su librito -por seguir con la nomenclatura de Lorentz- La doble hélice
(Alianza) es un clásico de la divulgación, además de una buena lectura.
La ciencia no puede ser
incomprensible, puesto que versa sobre el entendimiento. Pensar con claridad es
casi lo mismo que escribir con claridad, y las librerías están cada vez más
llenas de luz.
Fuente: Elpais.com