Juan Gérvas
Médico general, Equipo CESCA, profesor honorario
Departamento de Salud
Pública, Universidad Autónoma de Madrid
jgervasc@meditex.es
www.equipocesca.org
Los buscadores de Internet permiten acceder al diagnóstico y
al tratamiento de gran parte de las dolencias que nos
afligen. Al teclear los signos y síntomas se obtiene una
aproximación que puede ser más cierta que la que nos ofrezca
un médico de “carne y hueso”.
¿Sobramos, pues, los médicos?
Intentaré
demostrarte, querida alumna, que no, que los médicos
seríamos necesarios incluso aunque la inteligencia
artificial pudiera sobrepasar la prueba de Turing.
Por cierto, entra
en Internet y lee sobre Alan Turing, su vida y su “prueba”.
Turing pereció en cierta forma por ser homosexual, en un
periodo después de la Segunda Guerra Mundial en que los
médicos definíamos la homosexualidad como enfermedad. Una
muestra del abuso médico con sus graves consecuencias en las
vidas de los pacientes y de las sociedades. La
homosexualidad es todavía delito con pena de muerte en
algunos países, es pecado en otros muchos, es enfermedad en
varios y “desviación de la normalidad” en muchísimos. Los
médicos no somos ajenos a estos disparates que hoy continúan
por otros caminos; el sexo y la actividad sexual son fuente
de ingresos para muchos proxenetas (lee, que te interesará,
el libro de Ray Moynihan y Bárbara Mitzes “Sex, lies and
pharmaceuticals. How drug companies plan to profit from
female sexual dysfunction”).
Creer en las tecnologías (Internet y otras) como solución al
sufrimiento y al temor a la muerte es insensato. Las
tecnologías sólo ayudan, desde el fonendo a la anestesia,
desde las vacunas a la morfina, desde la mejor forma de
organización a la mejora en la transmisión de conocimientos,
desde la videoconferencia al blog/bitácora. Pero no hay
solución al agobio de vivir, no hay respuesta científica al
miedo a la muerte. La religión puede ofrecer vida eterna o
transmigración, la medicina no. El dolor siempre nos
acompañará; el sufrimiento es parte de la vida. Decía el
clásico “¿Murió? No; acabó, que cuando nació comenzó a
morir”. Las tecnologías no pueden ofrecer ni la compasión,
ni la empatía, ni la piedad que puede dar a manos llenas un
médico científico y humano, el “sanador” que fuimos y
debemos ser.
Complejidad
humana
Tenemos un cerebro que no nos merecemos. Cuando lo estudies,
querida alumna, no dejes de maravillarte de su complejidad.
Sorpréndete, por ejemplo, con el estudio de la visión. Va
desde la embriología a la anatomía del ojo y de los nervios
ópticos (con su lugar protegido en el cráneo y cara) y a su
función, con la retina como “extensión” del propio cerebro
que se asoma al exterior y que ya “interpreta” las
radiaciones del espectro visible. No olvides que ni en la
corteza visual ni en ninguna parte del cerebro hay una
“pantalla” ni la representación de hologramas. ¡Y sin
embargo vemos!
Gobernar el cerebro humano es complejo. Quizá por ello las
drogas son parte de todas las culturas. En las nuestras las
drogas legales son muchas: cafeína, teína, nicotina, etanol,
tranquilizantes, somníferos, ansiolíticos, codeína y otras.
Sobrevivimos con ellas y con los ritos socialmente
aceptables para su uso en común (bodas, fiestas, romerías,
celebraciones, sobremesas, etc.) o en solitario (“no duermo,
doctor, y esa píldora me ayuda a dormir; no es como los
drogadictos, que lo quieren porque sí, es que la necesito,
¿sabe?”). Con todo, al final surgen los celos, la
frustración, la angustia de vivir, la desazón, el
arrepentimiento, los recuerdos desagradables, la envidia, la
insatisfacción, la decepción y otros cien sentimientos que
nos hacen infelices, incluso en medio de la opulencia de los
países desarrollados.
Nos movemos entre Eros y Tánatos, ambos relacionados con la
noche, ambos lamentablemente asociados a lo obscuro. Pasamos
del “caca, culo, pedo, pis” al “polla, coño, polvo” y
volvemos al comienzo en la vejez. Es un breve recorrido al
que nos obliga la materia que forma nuestros cuerpos
(“nacer, crecer, reproducirse y morir”). Y que no sabemos ni
cómo se transforma en inteligencia ni como en piedad. La
disección del cerebro ciertamente no permite descubrir el
alma pero tampoco el amor. Y amor buscamos todos, y pocos
somos los afortunados en querer a quien nos quiere. Nadie
puede prometer “amor” a la especie humana. Tampoco se puede
garantizar “salud”.
La salud se puede promocionar, se puede cuidar, se puede
proteger, pero la salud es un bien que nadie puede asegurar.
La Ley de Hierro de la Epidemiología se cumple siempre, y
muere todo el que nace. Podemos evitar algunas enfermedades,
podemos retrasar algunas muertes, pero cada enfermedad y
cada muerte es distinta según el individuo al que le afecte.
No seas, querida alumna, “idealista”. Sé “empirista”. Las
enfermedades son estados cambiantes mal definidos que cada
paciente vive de forma personal. “No hay enfermedades sino
enfermos” es un lema clave para el médico. Y es una verdad
científica que explica bien el empirismo, no el idealismo.
El empirista cree en lo que ve, en enfermos, no en
enfermedades.
Mucho sufrimiento humano tiene su origen (“la causa de la
causa”) en los determinantes de salud, sobre todo en la
injusta distribución de la riqueza. Así, son variados los
ejemplos que demuestran que “unos escupen sangre para que
otros vivan mejor”. Sirve el caso del algodón, cuyos
subsidios en los EEUU (para menos de veinte mil
agricultores-empresarios) conllevan competencia desleal al
algodón de mejor calidad de países pobres como Malí que, por
consecuencia, ven perder cosechas, desplazar poblaciones y
morir a muchos.
Comprender la complejidad humana exige del médico “salir de
la medicina” y pasearse por los mundos de la economía, de la
antropología y de la sociología, cosa que te recomiendo
hagas como parte de tu formación (“el médico que sólo
medicina sabe, ni medicina sabe”).
Complejidad social
Si los seres humanos somos complejos, ¡qué decir de nuestras
sociedades!. En la visita de un marciano quizá lo que más le
llamase la atención sería el lenguaje. Probablemente el
marciano terminaría estudiando lingüística para intentar
entender a los humanos. En cierta forma parece que somos
“seres para el lenguaje” como cuando estudies genética,
querida alumna, te parecerá que nuestro destino es ser
complejos “portadores de genes”. El lenguaje nos permite
establecer clasificaciones y códigos. El lenguaje es una
interpretación del mundo que al tiempo facilita las
relaciones humanas y limita nuestra visión global. Pensamos
lo que somos capaces de expresar. Lo que no expresamos
afecta al sistema límbico, que estudiarás querida alumna
como una maravilla mal comprendida todavía, una maravilla
que influye en el mundo de tus emociones, tan conectado al
sistema olfativo.
Gran parte del tiempo de tu aprendizaje se dedicará a la
adquisición de un lenguaje médico, al dominio de la jerga
sanitaria. Esa lengua te ayudará a conectar con tus pares, a
formar parte de una tribu, la tribu en que nos integramos
los “sanadores”. Emplea dicha lengua a favor del paciente,
no en su contra (de hecho, el consejo debería ser general,
“nunca estés en contra del paciente”). Por otra parte, no
dejes que te vacunen con esa lengua contra la “escepticemia”
(es escepticemia una enfermedad de baja contagiosidad contra
la que se vacuna a los estudiantes en las facultades de
medicina).
Cuida tu lenguaje verbal y corporal, las formas y la
cortesía; tú eres el más poderoso placebo; un gesto, una
palabra amable logra milagros. Por ejemplo, tomar la mano
del viudo en la visita tras el entierro, apoyarla en el
hombro de la violada que acude a urgencias, empezar toda
entrevista saludando con un entrechocar de manos al tiempo
que te presentas al paciente, tener flores naturales en la
mesa de tu despacho, etc. Tus palabras con empatía pueden
hacer sonreír a un terminal, pueden hacer llorar a quien
parece duro y hostil: no hay paciente que se “resista” a un
médico afable y comprensivo, piadoso y con conocimientos
científicos y habilidades técnicas.
Las sociedades se dotan de normas que nos son más que
“instituciones”, acuerdos que en general respetamos. Por
ejemplo, nos parece mal a todos que los médicos se entreguen
con armas y bagajes a las industrias, de forma que sean los
intereses de los accionistas, y no las necesidades de los
pacientes y de la sociedad, los que guíen las decisiones
médicas. Hay organizaciones que buscan promover relaciones
transparentes, proporcionales e independientes con las
industrias.
En España “Nogracias”,
y en el mundo HealthySkepticism. Los estudiantes no son
ajenos a estos movimientos, y bien lo demuestra en España el
desarrollo de Pharmacriticxs por los estudiantes de IFMSA y
en algunos países la implantación del movimiento “facultades
de medicina transparentes” que promueve la declaración de
intereses y de compromisos con las industrias de todos los
profesores, y la erradicación de material promocional de las
aulas y espacios docentes. En lo práctico, por ejemplo,
cuando vayas a oncología pregunta querida alumna a los
médicos por sus ingresos económicos por la “participación en
ensayos clínicos de sus pacientes”.
En Georgia se ha descubierto un cráneo prehistórico con la
dentadura desgastada. Sin dientes no se podía vivir en
aquellos tiempos en que no existía ni el arte de cocinar ni
el simple hervir los alimentos. Ese cráneo demuestra el
cuidado que recibió su dueño, la atención y la piedad de los
que fueron sus contemporáneos. Con el tiempo, las sociedades
desarrolladas han organizado un sistema sanitario y unas
prestaciones sociales que facilitan el ejercicio de esa
piedad y atención como parte de la justicia (no de la
caridad). En todos los países desarrollados, con la notable
excepción de los EEUU, existe un sistema sanitario público
que ofrece atención según necesidad, no según capacidad de
pagar.
Público, querida alumna, significa “financiación pública”.
El sistema sanitario español es una anomalía entre los
sistemas sanitarios públicos mundiales. Ningún otro tiene
estos ejércitos de médicos asalariados en los hospitales y
en los centros de salud (sólo se ven en Finlandia, Portugal
y Suecia). Los más habitual (desde Canadá a Nueva Zelanda,
desde Austria a Noruega, desde Italia a Japón) es el médico
como profesional independiente, lo que no significa que el
paciente tenga que pagar por sus servicios; la atención
médica suele gratis en el punto del servicio.
En España, además, el sistema sanitario público es poco
público, pues lo privado casi cubre el 30% del gasto
sanitario total. En la práctica eso explica que las bocas de
los ricos se puedan distinguir perfectamente de la de los
pobres, pues la odontología está muy pobremente cubierta en
España. La pobreza es un determinante de salud (“causa de la
causa”), y lo es para el acceso al sistema sanitario y para
la prestación de cuidados tras acceder a los mismos.
Es importante que comprendas la organización del sistema
sanitario, su financiación y las políticas que sustentan las
distintas opciones. Nada es casual, y serás médico en una
determinada cultura y un contexto social que conviene
entiendas. Internet te puede ayudar a cumplir este fin, pero
no es un fin en sí mismo.
La respuesta al dolor y al sufrimiento
El médico primero fue el chamán, el brujo de la tribu, el
individuo capaz de ofrecer consuelo al que sufría. Consuelo
espiritual a través de hechizos y rituales y consuelo físico
a través del uso de medicamentos y de otras técnicas, como
arreglo de fracturas y luxaciones, amputaciones y demás.
Este individuo fue probablemente el primer miembro de la
tribu que consiguió no tener que cazar para comer, pues
otros lo hacían para él, en pago a sus servicios. Hay quien
sostiene que eso mismo logró, y puede estar en el origen de
los médicos, la comadrona, la mujer que atendía en el parto
de las otras y la que sabía cómo abortar cuando se quería.
Esta interpretación cuadra más con lo políticamente
correcto, pero me temo que somos más herederos del “listo”
de la tribu que de la comadrona.
Con los años aparecen el médico de los ejércitos y el que
atiende a los pobres, ambos pagados por salario, mientras
los médicos de los “libres” eran pagados por acto. En
España, Alfonso X El Sabio ya estableció que “el físico”
probara su formación y que fuera admitido por los otros
físicos de la localidad, como forma de reconocer su valía y
capacidad (con el consiguiente “monopolio” que hasta hoy se
mantiene). Este físico era médico general, cirujano y
dentista, y hasta farmacéutico. También en España, los
gremios desarrollaron en la Edad Media el pago por
capitación (“la iguala”, a un tanto por cada miembro del
gremio, para asegurar la atención a minusválidos, viudas y
huérfanos).
A finales del siglo XIX, el desarrollo de la ciencias
químicas, físicas y biológicas y del capitalismo hicieron
posible el florecimiento de las especialidades; algunos
médicos se dedicaron a campos muy concretos, como pediatría
o ginecología y existían clases media y alta que podía pagar
por sus servicios. La especialización ha crecido
imparablemente y en el siglo XXI ha llegado a ignorar que
“el todo es más que la suma de sus partes”, muy cierto
respecto a las personas. Los especialistas cada vez son más
cíclopes de un sólo ojo; ojo que por lo preciso ya no es
lupa ni microscopio óptico sino microscopio electrónico,
peligroso cuando se aplica fuera de su área de conocimiento.
De ahí la necesidad de combinar saberes de médicos generales
y de médicos especialistas.
Los médicos contamos con el fervor de la sociedad, como se
demuestra de continuo en las encuestas donde, por cierto,
los políticos salen siempre despreciados socialmente. Son un
ejemplo a no imitar. Lo que importa, pues, es la
meritocracia, el valor de lo que los médicos saben y hacen.
Ello lleva a los pacientes a nuestras consultas y a
entregarse en cuerpo y alma en la esperanza de la curación o
del alivio a sus males. Los médicos traspasamos casi sin
darnos cuenta las barreras de la piel y del alma y conviene
que no abusemos de ese poder. Es infrecuente el abuso sexual
en las consultas, por ejemplo, pero existe; no lo olvides
querida alumna pues sirve de indicador de abusos más
frecuentes que rompen el deber del secreto médico y el
derecho a la confidencialidad del paciente y que atentan a
su dignidad.
Los médicos tenemos un poder limitado, finito. Hay casi
magia en nuestras consultas (por ejemplo, en la mía cuando
una crema de anestesia local me permite extirpar sin dolor
un nevus, o cuando un pegamento me permite “suturar” una
herida sin utilizar puntos, o cuando un medicamento logra
eliminar el dolor en un paciente terminal, o cuando hago
reír a un niño que viene llorando con un diente roto tras
una caída), pero no somos magos sino simples sanadores.
Tampoco somos científicos, pero utilizamos la ciencia para
discernir lo verdadero de lo falso (y la filosofía para
distinguir lo importante de lo irrelevante). No seas maga,
querida alumna, pero tampoco científica en falso. Por
ejemplo, nunca creas que la estadística es ciencia ni que
“salvas vidas”. Ni creas en la “resucitación cardiopulmonar”
(es simple “reanimación”).
Los médicos solo prolongamos vidas. Insisto, todo el que
nace muere. Al que libramos hoy de la muerte por enfermedad
vacunable puede mañana matarlo irónicamente el hambre. Por
ello es importante preguntarse por la calidad de vida que
logra la prolongación de la misma. Pregunta crítica en estas
sociedades occidentales en que crece sin cesar la muerte por
suicidio.
No basta con “salvar vidas”. Importa la calidad de vida que
seguirá a nuestra acción. La vida no es “el bien supremo”. A
veces vivir es peor que morir, como bien demuestran las
opiniones de los padres de algunos niños de “bajo peso al
nacer”, que creen que el resultado sanitario al cabo de los
años ha sido peor que la muerte. Hablar de vida y de las
consecuencias de los actos médicos es también hablar de la
eutanasia y también del aborto voluntario. No cabe la
negativa ni la “objeción de conciencia” indiscriminada, sino
la respuesta humana, piadosa y científica. Todo aborto,
voluntario o espontáneo, provoca una conmoción en la mujer.
Todo aborto voluntario es un fracaso sanitario y educativo,
un fracaso en la evitación de los embarazos no deseados.
El aborto voluntario se suele discutir en su legalización,
pero poco se discute acerca del “síndrome del barquero” que
retiene su realización en clínicas, por ginecólogos, y
frecuentemente con métodos quirúrgicos. Los métodos más
cercanos y humanos, con medicamentos y en casa, existen hace
décadas pero todavía son una excepción. El “síndrome del
barquero” explica que no se utilicen las posibilidades de la
tecnología para lograr “máxima calidad, mínima cantidad,
tecnología apropiada y tan cerca del paciente como sea
posible”. La tecnología tiene su paralelo literario en el
anillo del “Señor de los Anillos”: su posesión ciega a los
médicos y el poder que otorga se emplea en propio provecho.
Sé comprensiva y piadosa con los pacientes, ponte en su
lugar, admítelos como son. No te conviertas en su amiga, ni
seas médico de tus amigos, ni de tus familiares. Respeta las
creencias de tus pacientes, sean creer en Escrivá de
Balaguer, en Shiva o en el Diablo; respeta también sus
vivencias, sean de drogadictos o de adictos al trabajo o al
sexo, o ludópatas sin más; aprecia al mahometano como al
judio, al protestante como al agnóstico. Los pacientes son
frágiles como personas, se sienten amenazados en su trayecto
vital; muchas veces no saben cómo re-organizar sus vidas ni
cómo enfrentarse a la minusvalía y a la muerte. Pregunta al
paciente cómo quiere ser tratado, si de tú o de usted, si
como Doña Francisca, o Sra. García, o Francisca, o Pepita
sin más. Averigua lo que quiere saber de su enfermedad y da
cumplimiento exquisito y prudente a estos deseos (sin
mentir).
Ser médico en el siglo XXI
Nadie que estuviese en la charla que generó este texto (14
de septiembre de 2010) llegará al final del siglo XXI. Sin
embargo, las sociedades desarrolladas creen poder cumplir el
deseo de Gilgamesh, y lograr el acceso a la fuente de la
eterna juventud. Cegados por la magia de la medicina ignoran
como Gilgamesh el consejo de Siduri, la tabernera del Mar de
la Muerte, y prefieren buscar hoy el incierto bien futuro
amargando el cierto bien presente. Lo amargan con la “pornoprevención”,
ese deseo inmoderado de evitar todo daño, todo sufrimiento,
todo dolor y hasta la muerte.
Tenemos las poblaciones más sanas y envejecidas de toda la
historia de la Humanidad; es un éxito social y médico haber
logrado tal capital de salud. Pero la consecuencia práctica
es el miedo a la pérdida de la salud, el miedo a la angustia
del envejecer, el miedo a morir. Así, se da una paradoja que
convierte en enfermos a sanos, sólo por practicar una
prevención que se ha convertido en peligrosa a base de
pruebas, indicaciones y medicamentos. No es extraño que en
los EEUU la actividad de los médicos sea la tercera causa de
muerte.
Gran parte de tu actividad como médico del siglo XXI,
querida alumna, tendrá que dedicarse a la “prevención
cuaternaria”. Es decir, a evitar los daños que causa la
actividad médica. Especialmente, a evitar la actividad
médica innecesaria, por cuanto toda actividad médica
(necesaria o innecesaria) conlleva efectos adversos y daños.
Sólo algunas actividades médicas ofrecen más beneficios que
daños. Algunas actividades claramente ofrecen más daños que
beneficios, como los chequeos (ginecológicos, del niño sano,
laborales, a ancianos, y demás).
La prevención cuaternaria es en el siglo XXI la expresión
del viejo principio de la medicina “primum non nocere”
(primero no hacer daño, primero no complicar más las cosas).
Por supuesto, los médicos hacemos mucho bien, inmenso bien,
pero a veces hacemos daño evitable. A veces hacemos daño sin
necesidad, a veces nos domina la “malicia sanitaria”. Es
fundamental, querida alumna, que logres hacer mucho más bien
que mal, que cuando te jubiles puedas decir que el bien que
hiciste compensa sin duda el mal que causaste. Practica,
pues, la prevención cuaternaria.
Recuerda los dos fines de la medicina en que se resume el
Informe Hastings: evitar el sufrimiento médicamente evitable
y ayudar a morir con dignidad. Para ello prevenimos
enfermedades, ayudamos a curarlas, consolamos siempre y
procuramos la rehabilitación si queda minusvalía. Para ello
atendemos al paciente terminal de forma que no tenga ni
dolor, ni angustia, ni insomnio, ni ascitis, ni edemas, ni
estreñimiento, ni vómitos, ni otros signos y síntomas que
impidan que muera en paz y con dignidad. Evita, sobre todo,
las muertes innecesariamente prematuras y médicamente
evitables, como la muerte por apendicitis o por tétanos. En
lo que sea posible, evita las muertes de causa médica, como
las provocadas por el consejo de “dormir boca abajo” a los
bebés en los años ochenta y noventa del pasado siglo, o las
causadas por las hormonas administradas a las mujeres
climatéricas, o las consecuentes al sobreuso de la
radiología.
Cúrate a ti misma.
Lo registra Lucas, el médico evangelista, respecto al
rechazo de Jesús por sus conciudadanos de Nazaret. “No hay
profeta en su tierra”, dijo también en esa ocasión. Lo de
“médico cúrate a ti mismo” debes aplicártelo, querida
alumna, es su amplio sentido de cuidar de ti misma, de
conocerte a ti misma, de analizarte a ti misma, de
considerar en ti lo que has de aplicar a los pacientes, de
ser primero contigo humana y piadosa para poderlo ser con
tus compañeros y pacientes. Eso incluye las consideraciones
éticas que te ayuden a elegir el mejor curso posible de
acción en cada paciente y situación.
Estudia, estudia mucho, estudia como una bruta, pero no
dejes de leer poesía, de intentar ser feliz, de ir al cine,
de bailar, de hacer deporte y de observar y analizar la
deriva social, política y económica de tu sociedad; no dejes
de disfrutar del amor, de la familia, del sexo, de los
amigos y de la vida en general.
Un médico es un
profesional altamente cualificado que precisa estudiar y
formarse toda la vida, capaz de tomar decisiones rápidas y
generalmente acertadas en situaciones de gran incertidumbre.
Te convertirás en médico sin darte cuenta, a base de
estudiar mucho y de ejercer un escepticismo sano (¡ojala te
haya contagiado mi “escepticemia”!). Duda; duda incluso de
esto que lees. Documéntate si es posible con los estudios
originales iniciales y forma tu propia opinión. No sea nunca
cínica, no admitas “la cultura de la queja”; no te quejes,
actúa. Tolera la incertidumbre clínica, pero no seas
imprudente. No aceptes “la tiranía del diagnóstico”; no te
empeñes en diagnosticar pues el diagnóstico es sólo una
ayuda para la decisión y se puede decidir sin diagnóstico y
con acierto.
Sé optimista, hay miles de razones.
Recuerda que
ninguna universidad española está entre las mejores del
mundo (ni el grupo de las diez mejores, ni en el de las cien
mejores, ni en el de las doscientas mejores). Visita, si te
es posible, otras universidades mejores; por ejemplo, la de
Maastricht (Holanda), donde el estudiante de medicina de
primero tiene por tutor y guía desde el primer día a un
médico general y va al hospital y a la facultad a completar
su formación. O a la universidad de Tampere (Finlandia), o a
la de York (Reino Unido), o a la de Otawa (Canadá) o a la de
Queensland (Australia).
Viaja, es una forma de madurar.
Hoy Internet es una ventana abierta al mundo, asómate a
ella. Entra en contacto con quienes te pueden ayudar, forma
parte de “colegios invisibles” que comparten conocimientos y
reconocimientos. Pero no tengas dudas, el Dr. Google no
tiene ninguno de los poderes que tú adquirirás.
En resumen, evita muertes evitables y promueve vidas con
calidad, no hagas que Quevedo tenga razón en su soneto:
MÉDICO QUE PARA UN MAL QUE NO QUITA, RECETA MUCHOS2
La losa en sortijón pronosticada
y por boca una sala de viuda,
la habla entre ventosas y entre ayuda,
con el “Denle a cenar poquito o nada”.
La mula, en el zaguán, tumba enfrenada;
y por julio un “Arrópenle si suda;
no beba vino; menos agua cruda;
la hembra, ni por sueños, ni pintada”.
Haz la cuenta conmigo, dotorcillo:
para quitarme un mal, ¿me das mil males?
¿Estudias Medicina o Peralvillo?
¿De esta cura me pides ocho reales?
Yo quiero hembra, vino y tabardillo,
y gasten tu salud los hospitales.
NOTA PARA MI QUERIDA ESTUDIANTE
Lee más sobre este tema y autor en www.equipocesca.org donde
hay publicaciones sobre Gilgamesh (“Falsas promesas de
eterna juventud en el siglo XXI. Gilgamesh redivivo”) y
sobre el idealismo/empirismo (“Enfermedad: ciencia y
ficción”), por ejemplo.
Sobre todo, complementan este texto “Los territorios ignotos
de nuestra mente” (sobre las razones para ser médico)
http://www.equipocesca.org/wp-content/uploads/2009/10/por-que-ser-medico-2009-final.pdf
e “Información al paciente sobre su
médico”
http://www.equipocesca.org/wp-content/uploads/2009/03/triptico-consulta-gervas.pdf
Relee de vez en cuando este texto y los que le complementan
y añade y corrige lo que convenga para construir tu propio
ideario, credo y utopía.
1 Este texto
resume la charla a los estudiantes de primero de medicina de
la Universidad Autónoma de Madrid, el 14 de septiembre de
2010. Fue organizada por IFMSA-SPAIN de la Autónoma (AIME-UAM).
IFMSA es la International Federation of Medical Students
Associations. Este texto se distribuye bajo licencia
Creative Commons by-nc-sa 3.0, por lo tanto se puede
distribuir libremente y reelaborar a condición de citar al
autor, no utilizarlo para fines comerciales y mantener el
producto subsiguiente bajo este mismo tipo de licencia
(licencia completa).
2 Los médicos
solían llevar joyas ostentosas (“sortijón”), iban en mulas
bien enjaezadas que dejaban en la entrada de la casa
(zaguán) del enfermo y recetaban ventosas y “ayudas”
(laxantes). Peralvillo es localidad manchega donde se
cumplía cruel sentencia de muerte a saetazos. Tabardillo es
alegría desordenada, y persona tal.