BORJA
VILASECA 16/05/2010
No
se trata de demonizar el entretenimiento, el trabajo o la diversión, sino de
analizar para qué los utilizamos.
Si se trata de un medio de escapar de
nosotros mismos, es el momento de salir del círculo vicioso.
No importa si vivimos solos o
acompañados de nuestra pareja e hijos. Una vez en casa, cansados físicamente y
agotados mentalmente, solemos desplomarnos en el sofá. Y justo en ese preciso
instante, después de un día marcado por la obligación de hacer y el deseo de
tener, nos encontramos irremediablemente con nuestro ser. Es sin duda el verbo
más importante de nuestra vida, pero también al que prestamos menos atención. De
ahí que sentados en el sillón, solos, en silencio y sin hacer nada, nos invada
una incómoda sensación. Es como un runrún que empieza a vibrar con fuerza en
nuestro interior, una experiencia conocida como “vacío existencial”.
“Hemos entrado en una nueva era
con un nuevo tipo de ser humano: el hombre que se evade de sí mismo”
“Se trata de analizar si
trabajo, consumo o diversión son medios de escapar del malestar o fines en sí
mismos”
Lo paradójico es que al empezar a
conectar con nosotros mismos, con lo que sentimos en nuestro interior, solemos
encender la televisión de forma mecánica con la intención de evadirnos de esa
molesta y desagradable sensación. Es un acto sutil, totalmente inconsciente. Y
lo cierto es que después de tantos años siguiendo este mismo ritual, huir de
nosotros mismos termina por convertirse en una rutina. Lo hacemos por una simple
cuestión de comodidad e inercia.
De hecho, según los informes que realiza Corporación Multimedia, los españoles
nos pasamos una media de casi cuatro horas al día delante de la caja tonta. Se
estima que nos tragamos al menos una hora de anuncios publicitarios y otra
haciendo zapping.
Y eso no es todo. Según un estudio de
la Asociación Europea de Publicidad Interactiva, la actividad de navegar por
Internet ya supera en número de horas a la semana a la de ver la tele. Visto con
perspectiva, nuestro tiempo de ocio empieza a tener un denominador común: estar
sentados, narcotizándonos delante de una pantalla. De ahí que algunos sociólogos
constaten que hemos entrado en una nueva era con un nuevo tipo de ser humano: el
homo evasivus. Es decir, “el hombre que se evade de sí mismo”.
Llegados a este punto, los psicólogos
y coachs contemporáneos proponen una serie de preguntas para averiguar qué hay
detrás de nuestra adicción a escapar de nuestro mundo interior: “¿Cuánto tiempo
dedicamos cada día a estar realmente con nosotros mismos sin evadirnos? ¿Qué
necesidad tenemos de entretenernos? ¿Qué sentimos cuando estamos a solas, en
silencio y sin nada con lo que distraernos? Y en definitiva: ¿somos conscientes
de que huir de nosotros mismos no es la solución, sino el problema?
¿Por qué hacemos lo que hacemos?
“El aburrimiento es un síntoma
inequívoco de que no estás a gusto contigo mismo” (Erich Fromm)
Resulta incómodo cuestionar nuestro
estilo de vida. Pero tarde o temprano no nos va a quedar más remedio que
pararnos y ver qué ocurre en nuestro interior. Y este ejercicio de honestidad,
humildad y coraje es el principio de la verdadera crisis existencial, que no es
más que asumir la responsabilidad y el compromiso de resolvernos a nosotros
mismos.
Al estudiar la etimología de las
palabras, nos damos cuenta de que en este caso el problema es también la
solución. El término malestar, por ejemplo, está compuesto por el adjetivo mal y
el verbo estar y básicamente significa “estar mal”. Un sinónimo contemporáneo,
totalmente aceptado por la sociedad, es el aburrimiento. Procede del latín
abhorrere, que quiere decir “tener horror”. Es decir, que cuando afirmamos estar
aburridos, en el fondo estamos diciendo que sentimos horror dentro de nosotros.
De ahí que para escapar nos orientemos hacia la diversión. Lo cierto es que este
sustantivo, que viene del verbo latino divertere, significa “apartarse,
alejarse, desviarse de algo penoso o pesado”. Recapitulando, sólo cuando estamos
mal experimentamos horror en nuestro interior, lo que nos lleva a apartarnos y
alejarnos de nosotros mismos, buscando distracciones de todo tipo en el
exterior.
La filosofía del autoengaño
“No hay peor ciego que el que
no quiere ver” (proverbio chino)
Se cuenta que el emperador romano
Alejandro Magno, de camino hacia India, fue a visitar al filósofo griego
Diógenes de Sínope. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes
descansaba a la orilla de un río, sobre la arena, tomando el sol desnudo. Nada
más verlo, Alejandro Magno quedó fascinado por la energía y la paz que
desprendía su presencia. “Señor, por todas partes me cuentan que es usted un
gran sabio”, afirmó el emperador. “Me gustaría hacer algo por usted. Dígame lo
que desea y se lo daré”. Sin apenas inmutarse, Diógenes le contestó, con voz
tranquila y serena: “Muévete un poco, que me estás tapando el sol. No necesito
nada más”.
Su respuesta le dejó impresionado.
Tras unos segundos de silencio, el filósofo le preguntó: “¿Adónde vas,
Alejandro?”. “Y sobre todo, ¿para qué?”. Seguro de sí mismo, el emperador le
contestó: “Voy a India a conquistar el mundo entero”. Diógenes le miró a los
ojos y le hizo una nueva pregunta: “Y después, ¿qué vas a hacer?”. Alejandro
Magno se lo pensó un buen rato y finalmente afirmó: “Después descansaré, viviré
tranquilo y seré feliz”.
Diógenes se echó a reír. “Estás loco”,
le espetó. “Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo qué
necesidad hay de hacerlo. Si al final lo que quieres es descansar, vivir
tranquilo y ser feliz, ¿por qué no lo haces ahora? Y te digo más: si lo sigues
posponiendo, nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo muere en el camino, pero son
muy pocos los que realmente viven”.
Desenchufarse para conectarse
“El vacío existencial no se llena, sino que se trasciende por medio de la
aceptación” (Viktor Frankl)
No se trata de demonizar el trabajo,
el consumo y la diversión. Pero sí de reflexionar acerca de si son medios para
escapar de nuestro malestar, o fines en sí mismos con los que disfrutar de todo
cuanto nos ofrece la vida. Y es que podemos ver la tele o navegar por Internet
para matar el tiempo, o bien podemos hacerlo como resultado de una elección
consciente. La clave para saber desde dónde tomamos la decisión se encuentra en
lo que nos mueve a hacerlo.
El primer paso es a menudo el más difícil. Consiste en salirnos de la rueda para
dedicar tiempo y espacio para estar con nosotros mismos. Porque es en el
silencio y en la inactividad donde reconectamos con lo que somos. Y dado que
llevamos tantos años escapando de nuestro dolor, insatisfacción y malestar, esto
es precisamente lo primero con lo que nos encontramos. Forma parte del proceso
de autoconocimiento. Es la cortina de humo que nos separa de nuestro verdadero
bienestar.
Para salir de este círculo vicioso hemos de adueñarnos de nuestro diálogo
interno. Así, podemos contrarrestar nuestra inercia mental con nuevas preguntas:
“¿Quiénes somos? ¿Cómo nos sentimos? ¿Qué le falta a este momento para sentirnos
felices?”.
A menos que aprendamos a estar bien con nosotros mismos, seguiremos sintiendo el
impulso mecánico de alejarnos de nuestro mundo interno, orientándonos
obsesivamente a la actividad constante y el consumo desbocado. Así, la finalidad
del crecimiento personal es recuperar nuestro autogobierno interno, que suele
dar como fruto un bienestar duradero. Es entonces cuando se nos revelan dos
verdades inmutables: que nosotros somos lo que andamos buscando y que no hay
mayor fuente de dicha que vivir el momento presente, en un íntimo contacto con
la realidad.
Fuente: El pais.com