Los sonidos de la vida
Médicos y
pacientes
hablamos en lenguajes diferentes. De esta confusión de lenguas es de donde
surgen buena parte de los conflictos que caracterizan la
relación asistencial
“El diagnóstico
y tratamiento dependerán de la interacción de dos narrativas: la del paciente
que aporta sus datos particulares y que da sentido a su experiencia de la
enfermedad, su sufrimiento y a la transformación de su vida; y la del médico en
su mundo técnico”.
Estando una vez en Bloomsbury, el barrio de Londres, encontré un bar llamado
Valencia, y aunque los dependientes tenían aspecto árabe y vendían kebab y
baklawa, su nombre me resultó atractivo. Repetidos viajes me llevaron siempre a
la esquina del bar Valencia. Al paso de los años, los dependientes –muchos eran
siempre los mismos– llegaron a reconocerme y me saludaban afectuosamente.
Una vez, finalmente, me decidí a preguntarles por el nombre del
establecimiento. ¿El dueño era español? ¿De Valencia, supongo…? ¿O tal vez
procedían de allí? Me veía ya festejado con una paella… Se quedaron muy
extrañados. Nunca nadie les había preguntado tal cosa… El dueño era un francés
de origen árabe apellidado… Valencia. Ya puestos a ello, sentían de todos modos
curiosidad por saber dónde estaba Valencia. Cuando les aseguré que no estaba
lejos de Argel, se marcharon a hacer sus cosas, por la barra y la cocina del
bar, más bien satisfechos. Aunque el bar Valencia de repente perdió todo su
halo de complicidad conmigo, y perdí toda posibilidad de comer paella, sus pasteles
con pasta de nueces, hojaldre y almíbar estaban muy ricos…
Las mismas palabras significan muchas cosas, y cada persona atribuye
significados a las suyas. Estamos en la Torre de Babel: “Más Yavé descendió
para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban levantando y dijo: «He
aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua, siendo
este el principio de sus empresas. Nada les impedirá que lleven a cabo todo lo
que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje
de modo que no se entiendan los unos con los otros». (Génesis
11:1-9)”.
Médicos y pacientes hablamos en lenguajes diferentes. De esta confusión de
lenguas es de donde surgen buena parte de los conflictos que caracterizan la
relación asistencial hoy. Cuando el paciente nos cuenta su historia, su relato
tiene las referencias de algo que ocurre en múltiples dimensiones, siendo sólo
posible objetivar los hechos en algunas de ellas.
El diagnóstico y tratamiento dependerán de la interacción de dos narrativas: la
del paciente que aporta sus datos particulares y que da sentido a su
experiencia de la enfermedad, su sufrimiento y a la transformación de su vida;
y la del médico en su mundo técnico. Si el paciente siente que su voz es
bienvenida, empezará a escucharse y a identificar con más claridad el
significado de cada síntoma y evento relacionado con su enfermedad. También
podrá nombrar, poco a poco, los nudos que le frenan en su viaje por la
enfermedad.
El entendimiento humano es inevitablemente imperfecto, pero la atención médica
a la narración del paciente permite conocer las circunstancias. Como sabios
médicos, necesitamos primero imaginar y luego entender las narraciones que nos
cuentan nuestros pacientes y a las cuales, sanos o enfermos, ellos deben
regresar tras la consulta. El caso médico tiene siempre dos historias: la
patología y la experiencia. Los casos son “anécdotas”, pero debido a que cada
caso es diferente, necesitamos saber trabajar con “anécdotas”.
Los médicos de familia somos unos privilegiados: podemos escuchar los detalles
íntimos de otras vidas y, sin embargo, la mayoría tratamos de dedicar a ésto el
menor tiempo posible para poder etiquetar los síntomas. Nos fijamos con gran
atención en cada insinuación que sugiera el origen orgánico del problema,
interrumpiendo al paciente, pidiéndole detalles tan sólo unos segundos después
de que empezó a hablar. Así desaprovechamos el contexto de sus síntomas y
reducimos el drama de la vida a un protocolo o a un formato de historia clínica
electrónica. Oímos las palabras y las clasificamos como síntomas, pero no oímos
los elementos clave del tono de la voz, las expresiones lingüísticas y su mundo
psicológico.
Los estudiantes, los residentes y los médicos en ejercicio están abrumados por
el peso de la memorización y las intervenciones tecnológicas, mientras que se
ignoran las capacidades de comunicación y el valor terapéutico de la relación
médico-paciente.
Una de las grandes
virtudes de las narraciones es su capacidad de contextualización, de hacer que
el arquetipo, el protocolo, se encarne, se haga carne, adquiera rostro y,
además, inscribirlo en una circunstancia física y material determinada.
Entender las historias narradas no sólo significa entender a la persona, sino
(en consecuencia) entender la enfermedad (en esa persona –contextualizar). Eso
es lo que cabe exigir a las narraciones. Que nos transformen, que nos hagan
sensibles a aspectos de la existencia que nos habían pasado desapercibidos.
“Los
estudiantes, los residentes y los médicos en ejercicio están abrumados por el
peso de la memorización y las intervenciones tecnológicas, mientras que se
ignoran las capacidades de comunicación y el valor terapéutico de la relación
médico-paciente”
Fuente: Univadis