Cuando 'E. coli' se pasa
al lado oscuro
MIGUEL VICENTE 31/05/2011
A diferencia de la cepa O104, la mayoría de las E. coli son bacterias pacíficas
que, junto con otras variedades, pueblan el intestino. Pueden hasta ser
beneficiosas y casi nunca son perjudiciales. Viven de modo armónico sin que las
de una clase desplacen a las de otra e incluso aportan algunas vitaminas. Son un
freno protector frente a otras bacterias con las que nuestro cuerpo no se lleva
tan bien y que, si proliferasen, producirían trastornos y enfermedades, desde
diarrea leve hasta enfermedades graves como el síndrome hemolítico urémico.

Pero algunas E. coli pueden ser
atraídas por el lado oscuro y adquirir genes que dirigen la producción de
compuestos tóxicos, similares a la toxina que produce Shigella, otra bacteria
que es prima maligna de E. coli.
Este tipo de bacterias se adhiere a
las células de la mucosa intestinal y las trastorna; el intestino reacciona con
una diarrea que intenta eliminar a las invasoras. Si lo logra, el problema no
pasa de una fuerte diarrea. Pero en unos pocos casos, y generalmente dependiendo
del estado de salud de la persona, la bacteria maligna prolifera. La toxina que
produce se ceba sobre los capilares sanguíneos más pequeños, como los del
mecanismo por donde el riñón purifica la sangre. Su destrucción impide al
organismo eliminar los compuestos nocivos del metabolismo y el fallo renal
conduce a un envenenamiento que deja lesiones permanentes y es a veces mortal.
Pensaríamos que como hay antibióticos
potentes la curación sería fácil, pero no es así. Eliminar cualquier E. coli es
difícil porque está protegida por una cubierta de tres capas (otras bacterias,
como las de la neumonía solo tienen dos). Además, las malévolas estirpes O se
han molestado en tener genes de resistencia a varios antibióticos, y poseen
incluso complejos mecanismos para aumentar la producción de toxina cuando se las
pretende eliminar. El antibiótico, lejos de curar, puede agravar el problema.
¿Cómo ha llegado E. coli del intestino
a los pepinos? No es el primer caso en que una de estas bacterias se encuentra
en las verduras. En 2006 se produjo un brote letal de la estirpe O157H7, casi
hermana de la O104, en EE UU: venía en bolsas de espinacas lavadas tres veces.
Para sorpresa de los científicos, los mecanismos que la bacteria usa para
adherirse al intestino también sirven para fijarla a las hojas. Las estirpes
patógenas habitan a veces el intestino de animales de granja. Puede ahí empezar
la contaminación, o venir más tarde en la distribución. Precisarlo necesita
pruebas que no son complejas y en unos días dirán dónde se contaminó el pepino.
No hay que alarmarse, pueden tomarse
precauciones como cocinar bien las verduras, pelar cuidadosamente o desinfectar
lo que se tome crudo. Así el pequeño número de bacterias que ingeriríamos no
sería perjudicial. No se debe olvidar en el esfuerzo investigador que algunas
bacterias están siempre dispuestas a pasarse al lado oscuro y demostrarnos que
no tenemos antibióticos para eliminarlas.
Miguel Vicente es Profesor de
Investigación del CSIC y autor del libro Ni contigo ni sin ti:, guía para
entender los microbios.
Fuente: El pais.com