GASPAR HERNÁNDEZ 15/08/2010
No existen fórmulas mágicas. Cada persona debe encontrar su particular camino
para conocer y gestionar sus emociones y sus sentimientos para conseguir vivir
mejor.
Charles
Chaplin escribió que la vida es tan corta que solo nos alcanza para ser
amateurs. Esta afirmación también se puede aplicar al llamado arte de vivir.
Cuando ya vamos aprendiendo, la
función se termina. No hay recetas mágicas, y cada persona sabe en qué consiste
su particular modo de alcanzar ese arte. Los grandes filósofos se han ocupado de
ello. Y, por supuesto, los psicólogos. En este artículo nos centraremos en la
gestión de las emociones y los pensamientos.
“A una persona se le puede
arrebatar todo menos la elección de la actitud personal ante un conjunto de
circunstancias”
Porque, como escribí en el libro El
oficio de vivir bien (Aguilar), con miedo, enfado o envidia (o con dolor de
muelas) difícilmente podemos tener la percepción subjetiva de estar viviendo
bien. Lo mismo sucede si estamos en una playa paradisiaca tomando el sol y
enfurruñados con la pareja, o pensando en el trabajo que nos espera en
septiembre. El arte de vivir pasa necesariamente por observar, y cuidar, lo que
pensamos y sentimos.
Felicidad Interior Bruta. Los
países, y sobre todo en tiempos de crisis, miden lo bien o lo mal que vivimos
por la situación económica. Pero como afirma el filósofo Jordi Pigem, el
producto interior bruto solo mide transacciones económicas, y sabe muy poco del
auténtico bienestar de las personas. “Desde hace décadas existen indicadores
menos reduccionistas, que miden el bienestar no solo a través del flujo de
dinero. Pero hay muy pocos. Por ejemplo, en Bhutan identifican tres venenos en
nuestras vidas: la codicia, la hostilidad y la ignorancia (en el sentido de
confusión mental). Estos tres venenos han crecido en el mundo materialista,
hasta encontrarlos hoy institucionalizados en nuestros sistemas económico,
político, y mediático”, afirma en su libro La buena crisis (editorial Kairós).
Según Pigem, un progreso en la generosidad, la solidaridad y la
sabiduría contribuirían a pasar de una sociedad basada en el crecimiento
económico a otra basada en el crecimiento vital.
¿Por dónde empezar? Por la
persona. Por la educación y por la gestión emocional. Según el psiquiatra
Claudio Naranjo, “la educación actual solo se ocupa de la mente racional,
práctica, instrumental, como si fuéramos solo eso. Se crean seres egoístas y
prácticos que no tienen una dimensión del goce de la vida. No parece legítimo
educar para la felicidad. Si se calculara el precio de la infelicidad que se
crea, se vería lo antieconómica que es nuestra educación”.
Algunas cifras de esta infelicidad: en
2020, según la Organización Mundial de la Salud, la depresión será la segunda
enfermedad más extendida, superada solo por enfermedades cardiovasculares. El
suicidio es la primera causa de muerte entre los jóvenes. El estrés, la ansiedad
y la depresión son la segunda causa de baja laboral en España.
Bienestar emocional. El arte de
vivir empieza por una correcta gestión de las emociones. En Occidente nos hemos
fijado en el desarrollo intelectual de las personas, pero no en el desarrollo
emocional. Nunca es tarde para cambiar nuestros patrones emocionales. ¿Cómo?
Según la filósofa Elsa Punset, con el viejo conócete a ti mismo de los griegos.
“Aunque ellos no nos decían cómo. Se trata de conocer y gestionar nuestros
mecanismos emocionales. Es decir, lo contrario a la represión emocional que
hemos ejercido hasta ahora”.
Afirma el doctor Mario Alonso Puig que
una emoción es un fenómeno físico en el que se producen una serie de cambios
fisiológicos que afectan a nuestras hormonas, a nuestros músculos y a nuestras
vísceras. Estos cambios tienen una duración limitada a minutos, o, como mucho, a
algunas horas. “Digamos que una vez que el elemento interno (un pensamiento
angustioso) o externo (un insulto) han pasado, la reacción emocional que se ha
desencadenado poco a poco va remitiendo hasta que volvemos al estado en el que
nos encontrábamos antes de que el pensamiento o el insulto se produjeran”. El
problema es que si esa emoción se reprime, se puede convertir en un estado de
ánimo, que puede durar meses o años.
“De alguna manera”, afirma el doctor
Mario Alonso Puig en su libro Reinventarse (Plataforma), “nos quedamos como
congelados en un tipo de emoción, hasta el punto de que llegamos a
identificarnos con ella, casi como si formara parte de la realidad que somos”. Y
hay estados de ánimo que aportan ventajas, y otros que son muy disfuncionales y
nos generan un enorme sufrimiento.
Un ejemplo: la ira. La ira es como un
cubo lleno de agua sucia. Cuando nos enfadamos, o bien lanzamos el oscuro
contenido de ese cubo a la cara de quien nos ha provocado la ira, o bien
callamos, de modo que nos lo lanzamos encima. Lo ideal sería lanzar el agua
sucia a un terreno neutro; practicando deporte, por ejemplo. Y después, cuando
estemos ya tranquilos, expresar al otro cómo nos hemos sentido, con asertividad.
Por eso no es recomendable escribir e-mails cuando estamos enfadados. Así se
estropean muchas relaciones interpersonales.
Gestión de los pensamientos.
Nadie nos ha enseñado a gestionar nuestros pensamientos. Tenemos cada día entre
40.000 y 60.000 pensamientos y a la mayoría les hacemos caso. El arte de vivir
también es incompatible con los pensamientos obsesivos sobre el pasado o futuro.
Afirma Miriam Subirana, profesora de meditación, que el pasado, en gran medida,
nos impide ser libres.
“Vivir del recuerdo es no gozar
plenamente del presente. Vivir del recuerdo nos debilita. Es como ser un enchufe
que se conecta a una toma de corriente por la que no pasa la corriente. Vamos
perdiendo nuestra energía. Queremos revivir una experiencia que ya pasó, y
finalmente nos sentimos decepcionados y con un gran desgaste emocional y
mental”.
Todos los sabios orientales coinciden
en que el arte de vivir se basa, en buena medida, en nuestra conexión con el
momento presente. La mente tiende a ir hacia el pasado y el futuro. Y muchos de
los pensamientos sobre el futuro son proyecciones negativas, como el miedo, que
normalmente no sirve para nada (aunque a veces es amigo de la prudencia).
El miedo tiene una base biológica; es
una emoción que nos ha ayudado a evolucionar, porque nos alerta de los peligros.
Pero en nuestra sociedad es excesivo: se trata de reconducirlo. Cuanto más
pensamos en el miedo, más fuerza le damos.
Empieza en la mente. “El
sufrimiento creado por uno mismo es fundamentalmente una fabricación de la
mente”, afirma uno de los más celebrados maestros de meditación tibetanos de la
nueva generación, Yongey Mingyur Rimpoché. En su libro La dicha de la sabiduría
(Rigden Institut Gestalt) cuenta cómo un alumno empezó a analizar su propia
ansiedad, y comenzó a ver que el problema no estaba en el trabajo, sino en lo
que él pensaba de su trabajo. “Poco a poco”, dice el alumno, “empecé a darme
cuenta de que la esperanza y el miedo no eran más que ideas que flotaban en mi
mente. En realidad, no tenían nada que ver con mi trabajo”. Ese cambio de
perspectiva transforma nuestra realidad. “Cuando estoy angustiado, puedo
observar esos impulsos y ver que tengo una elección. Y si elijo observarlos,
aprendo más sobre mí mismo y sobre el poder que tengo para decidir cómo
reaccionar a los acontecimientos de mi vida”.
Podemos elegir siempre cómo reaccionar
ante pensamientos y emociones. Pero hace falta entrenamiento. (Ojalá meditación
y gestión emocional se enseñen en las escuelas). El psiquiatra Víctor E. Frankl,
que fue una de las víctimas de Auschwitz, afirmaba que a la persona se le puede
arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: “La elección
de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”. A menudo no podemos
elegir los hechos, pero sí el cómo enfrentarnos a estos hechos.
Según el budismo, la mayor parte del
sufrimiento es creado por uno mismo. Afirma Yongey Mingyur Rimpoché que este
sufrimiento es fundamentalmente una fabricación de la mente, pero que no es
menos intenso que el sufrimiento natural: “En realidad puede ser bastante más
doloroso”. Este sufrimiento se puede expresar en forma de historias que nos
contamos a nosotros mismos, a menudo incrustadas en lo más profundo de nuestro
inconsciente, según las cuales no somos suficientemente buenos, ricos o
atractivos, o nos falta algún tipo de estabilidad.
La meditación nos permite observar los
pensamientos y las sensaciones asociadas a este sufrimiento. Al hacerlo, se
desvanecen. El mundo que nos rodea, nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y
sentimientos están en constante cambio. En términos budistas este cambio se
conoce como impermanencia. Aceptar que todo es impermanente y no aferrarnos a
las cosas ni a las personas es uno de los pilares del arte de vivir, según el
budismo. Ni un solo maestro oriental defendería que el arte de vivir consiste en
adquirir posesiones –en tener–, sino en ser. Casi nada de lo que nos ha
proporcionado felicidad lo hemos logrado con dinero.
Fuente: Elpais.com