FERRÁN RAMON-CORTÉS 18/07/2010
Cuando
nos cuentan un problema, a menudo nos debatimos entre mantenernos a cierta
distancia o implicarnos emocionalmente. Lo apropiado es el término medio: la
empatía.
Hace unos años, mi padre tuvo una
grave enfermedad de corazón. La operación fue bien, pero una complicación
pulmonar lo mantuvo durante más de un mes sedado en la UCI debatiéndose entre la
vida y la muerte. Durante aquel largo mes, fuimos a visitarlo y a recibir el
parte médico a diario.
"Si nos contagiamos del estado de ánimo de los otros, dejamos de ver
objetivamente las cosas y perdemos la capacidad de ayudarles"
"Es fundamental captar el estado
emocional de los demás atendiendo a lo que nos dicen y especialmente a cómo nos
lo cuentan"
Acudíamos al hospital con el corazón encogido y nos desesperábamos ante la
frialdad del médico que, con explicaciones llenas de tecnicismos unas veces, o
con la ausencia total de explicaciones otras, no nos daba ningún mensaje que nos
reconfortara.
Lo comenté con una amiga que trabaja
en un gran hospital, y me dio una explicación que tenía todo el sentido. "Se
trata de una UCI posquirúrgica", me dijo. "La mitad de los pacientes fallecen.
Imagínate si los médicos se implicaran emocionalmente en cada caso. No podrían
hacer su trabajo…".
Tenía razón y lo acepté. Pero
reconozco que aquella explicación no me solucionó nada. Yo seguía sintiéndome
fatal ante la aséptica comunicación de un médico al que sabía un excelente
profesional, pero muy lejano de nosotros.
Compartía a menudo mi desesperación con mis amigos, hasta que uno de ellos me
dio la clave: "Es cierto que el médico no se puede implicar", me confirmó. "Pero
entre la implicación emocional y la distancia hay un camino intermedio: la
empatía. Consiste en que él capte tu angustia y sea capaz de comunicarte que la
percibe sin hacerla suya".
"¿Cómo?", pregunté. "Modulando su
comunicación acorde con tu angustia".
No tuve nunca el valor de pedírselo al médico. La suerte es que el cirujano
jefe, al que podíamos ver semanalmente, sí lo entendía así, y sí se comunicó con
nosotros haciéndose eco de nuestra angustia.
Cuando nos cuentan un problema,
especialmente si lo hace un familiar o alguien muy cercano, es habitual que nos
impliquemos emocionalmente. De hecho es lo que muchas veces se espera de
nosotros. Sin embargo, implicarse emocionalmente en los conflictos de los demás
no es bueno. En primer lugar, porque nos contagiamos de su estado de ánimo, con
lo que, presos de las emociones, dejamos de ver objetivamente las cosas y
perdemos la capacidad de ayudarles. Y en segundo lugar, porque si lo hacemos por
sistema, acabaremos sufriendo un desgaste emocional que tendrá sus consecuencias
en nuestra salud y en nuestro ánimo.
La implicación emocional en los
problemas de los demás no es una buena manera de ayudarles. Sin embargo,
mantener la distancia tampoco es la solución. Distanciarse de un conflicto que
nos cuenta alguien nos convierte en personas frías, desinteresadas por los
demás. Aunque sin duda es una actitud que nos protege emocionalmente, no ayuda
en absoluto en la relación personal.
Hay una tercera vía: la empatía. Es una respuesta que conecta emocionalmente con
el otro, sin que haya por nuestra parte un desgaste emocional, y sin que altere
nuestra percepción o peligre nuestra objetividad.
Captar no es sentir
"La empatía representa la habilidad
sensitiva de una persona para ver el mundo a través de la perspectiva del otro"
(Sebastià Serrano)
Muchas veces he visto definida la
empatía como "la capacidad de sentir lo que el otro siente". Esta no es
ciertamente la empatía que buscamos cuando nos enfrentamos a los problemas de
los demás, porque el contagio del sentimiento -un hecho científicamente
demostrado y que ocurre espontáneamente si no ponemos ciertas barreras- nos
incapacitará para la ayuda. Sugiero una definición alternativa, que consiste en
considerar la empatía como la capacidad de captar lo que el otro siente, y añado
una coletilla fundamental: y de comunicarle que lo capto. Esta es la forma que
tenemos de no resultar fríos y asépticos, y sin embargo no cargar con el peso
emocional de los problemas ajenos.
Para desarrollar esta empatía son
fundamentales dos cosas: en primer lugar, ser capaces de captar el estado
emocional de los otros. Lo lograremos escuchando lo que nos dicen, pero sobre
todo prestando atención a cómo nos lo cuentan. Para captar los sentimientos, el
tono de la voz y las expresiones en lenguaje no verbal (la mirada, los gestos,
la posición del cuerpo…) son más importantes que todo lo que la persona a la que
escuchamos nos pueda decir.
Debemos escuchar con los ojos.
Y en segundo lugar, hemos de ser
capaces de comunicar al otro que captamos su sentimiento. Será la forma en que
notará nuestra proximidad y se sentirá comprendido. Será también la forma en que
saldremos de la frialdad que podría suponer no implicarnos en su problema.
Separando el pensar y el sentir.
Tenemos muchas formas de hacerlo, algunas más explícitas que otras, pero lo
fundamental será el modo en que interactuemos. La mejor forma de demostrarle que
captamos su estado emocional será comunicarnos con él utilizando las palabras,
el tono y los gestos adecuados a la situación que nos esté describiendo y a las
emociones que esté sintiendo.
La empatía es enemiga de los juicios.
No se basa en la razón, sino en la emoción. La vía de la empatía no contempla
jamás la crítica, y precisa de la completa aceptación del otro en el momento
psicológico en que se encuentre, sin prejuicio alguno, y dejando de lado nuestra
opinión.
Hay quien construye verdaderas tesis
escuchando a los demás. Quien busca constantemente las contradicciones y
disfruta "pillando en falso" al otro. Y quien aprovecha la ocasión para
aleccionar a los demás haciendo gala de principios éticos y comportamientos
ejemplares. Todo ello está muy lejos de la escucha empática.
A través de la empatía no emitimos
ninguna opinión. Nos limitamos a expresar al otro que captamos su sentimiento en
toda su intensidad.
Cazadores al acecho. Hay gente
que va por la vida con un gran gancho, mirando cómo engancharnos a la mínima.
Quieren que nos impliquemos en sus problemas, en sus emociones, quieren que
sintamos lo que sienten, que lo vivamos con ellos. Que les demos la razón y la
aprobación de sus conductas. Si caemos en ello, estaremos siempre enganchados.
Acudirán a nosotros sin tregua, generándose relaciones de dependencia. Seremos
víctimas de una relación tóxica, que a nosotros nos resultará agotadora y a los
demás los perpetuará en su falta de crecimiento.
Si les queremos ayudar de verdad,
debemos abstenernos de caer en sus garras. Debemos evitar la implicación
emocional y guardarnos muy mucho de darles sistemáticamente la razón. Lo que más
les ayudará -aunque ellos busquen desesperadamente nuestra implicación- es que
estemos emocionalmente a su lado, escuchándolos y comprendiéndolos, pero sin
manifestar nuestra opinión.
Cuando nosotros necesitamos ayuda. Muchas veces seremos nosotros los que
buscaremos a alguien a quien contar nuestros problemas. Cuando lo hagamos, no
busquemos a quien resuelva o a quien sufra con nosotros el conflicto. Busquemos
a quien nos pueda hacer de espejo, reflejándonos fielmente lo que sentimos.
Quien nos deje expresarnos sin restricciones, ayudándonos así a que encontremos
nosotros mismos las soluciones. Si no, los conflictos no nos ayudarán a crecer.
Fuente: Elpais.com