
Noviembre 2011 -
Beatriz González López-Valcárcel, catedrática de Métodos Cuantitativos en
Economía y Gestión de la Universidad de las Palmas de Gran Canaria
En un contexto de crisis y de estancamiento de los ingresos públicos, el
déficit sólo se puede reducir limitando el gasto público. Esa limitación está
empezando a afectar seriamente a la Sanidad. Así, las restricciones
presupuestarias están afectando a los presupuestos sanitarios de las CC.AA.,
que representan entre un tercio y el 40 por ciento del presupuesto autonómico
total
Alcance de la crisis económica
La situación
económica de España, en septiembre de 2011, es preocupante por la intensidad y
la duración de la crisis, porque las perspectivas de recuperación son peores
que las de otros países de la Unión Europea, porque afecta al empleo más
que en el resto de la Unión y porque la salida de la crisis depende de
elementos y factores exteriores e inciertos. El país afronta el reto de una
reducción drástica del déficit público impuesto en gran parte por los mercados
y por otros gobiernos para preservar al euro de un eventual colapso. En un
contexto de estancamiento de los ingresos públicos, el déficit sólo se puede
reducir limitando el gasto público. Esa limitación está empezando a afectar
seriamente a la Sanidad.
La crisis económica afecta a los
presupuestos sanitarios públicos, que reaccionaron con retraso
El gasto sanitario
en España ha venido creciendo más que el PIB, y más que el de otros países
desarrollados. El crecimiento real medio acumulativo del gasto sanitario per
cápita en España entre 2000 y 2008 ha sido del 4,7 por ciento anual[1], 2.8
puntos por encima del crecimiento real del PIB per cápita; por encima también
de la media de la OCDE (4,2 por ciento, dos puntos sobre el PIB) y de la UE-15
(3,9 por ciento, 2.2 puntos por encima del crecimiento del PIB). Dentro de la
UE-15, sólo nos ha superado Irlanda (7,6 por ciento), Grecia (6,9 por ciento) y
Luxemburgo (4,9 por ciento).
Las restricciones
presupuestarias están afectando a los presupuestos sanitarios de las CC.AA., que
representan entre un tercio y el 40 por ciento del presupuesto autonómico
total. En Sanidad, el año 2010 ha sido de transición hacia el reconocimiento
explícito de las limitaciones económicas y de las restricciones
presupuestarias[2], que imponen un frenazo a los años de alegría en el gasto
sanitario. Éste opone fuerte resistencia a la baja. Por ejemplo, los logros
laborales -mejoras retributivas o de condiciones de trabajo- difícilmente
tienen vuelta atrás, aunque por primera vez haya habido una bajada de los
salarios nominales en 2010.
La reacción de la
Sanidad a la crisis económica del país fue lenta y tardía, y no parece
ajustarse a un "plan", aunque se hayan tomado medidas específicas En
ese contexto se inscriben las medidas tomadas el 18 de marzo de 2010 por
consenso en el Consejo Interterritorial del SNS, a propuesta del gobierno
estatal (Decreto-Ley 4/2010). Distintos organismos, fundaciones y consultoras
ofrecen planes de acción y medidas anticrisis[3] [4], y se proponen reformas
basadas en la Atención Primaria, en la coordinación asistencial y el buen
gobierno [5]. Sin embargo, hay más acuerdo en el diagnóstico que en el
tratamiento.
En España, las
reglas del juego institucional propulsan el gasto sanitario. Las transferencias
sanitarias, que han acercado las decisiones a los ciudadanos y permiten cierto
juego diferenciador de objetivos y de esfuerzos, coherente con la diversidad
territorial, tienen sin embargo costes de transacción. No se aprovechan las
economías de red. Por ejemplo, cada comunidad ha creado su propia historia
clínica digital y la información no es comparable ni compartible, pero los
costes de desarrollo de los sistemas de información se han multiplicado. Por el
contrario, hay costes de emulación: cada iniciativa de una comunidad otorgando
un nuevo derecho, una nueva prestación o un nuevo programa, tiende a ser
copiada por otras. Cada mejora de condiciones laborales del personal se propaga
a otras CC.AA. Ese juego institucional de la emulación de máximos en un
contexto de escasez de oferta ha llevado a la mejora sustancial de
retribuciones y condiciones de trabajo de los profesionales sanitarios -la
carrera profesional ha supuesto en la práctica un aumento indiscriminado
de retribuciones ligado a la antigüedad, no a la productividad-. Entre 2002 y
2007 los gastos de personal en la red sanitaria pública de España aumentaron un
52,4 por ciento.
Solvencia y sostenibilidad. El arte de
cortar
La situación de la
Sanidad pública está marcada por la insuficiencia financiera. El
"déficit" sanitario ha empezado a aflorar en los textos y en los
discursos. A mediados de 2010, esa insuficiencia de ingresos para hacer frente
a los gastos necesarios
-incluso
comprometidos- del sector sanitario público había llegado a
acumular una deuda de entre 7.500 y 15.000 millones de euros [6]. La Sanidad
tiene un gran potencial desestabilizador de las cuentas públicas y es materia
sensible para la opinión pública. El debate sobre si la Sanidad debería ser
inmune a las restricciones presupuestarias se superpone a la tensión entre lo
público y lo privado. El discurso de la sostenibilidad hace hincapié en cómo el
sistema de salud español podrá continuar manteniendo los niveles de calidad y
prestaciones ya consolidados. Otro discurso pone en duda no ya la sostenibilidad
sino la solvencia del sistema.
El "arte de
cortar" (cómo desinvertir en Sanidad causando el mínimo de efectos
secundarios a corto y a largo plazo) es un tema recurrente, no sólo en España,
del que se ocupan la literatura médica[7] y las autoridades sanitarias, como
por ejemplo en Canadá, para priorizar los recortes del gasto[8]. En Cataluña
las decisiones sobre recortes se descentralizan a nivel de centros.
Para mantener
presupuestos públicos equilibrados, o reducir el déficit, en España se opta por
el control del gasto, dejando fuera de consideración, salvo excepciones
contadas, las políticas de ingresos (co-pagos, contratos de riesgo compartido
con la industria farmacéutica, aumento de la presión fiscal). En la mayor parte
de los casos, las medidas son sobre precios más que sobre cantidades y están
limitadas por un principio de mantenimiento del statu-quo organizativo. Poco
margen queda para seguir explotando esa mina.
Recortes
Para controlar el
gasto, un primer conjunto de medidas se podrían dirigir a reducir las
ineficiencias técnicas. Entendemos por tales las actividades y tratamientos de
eficacia no demostrada, las inefectivas, el pagar más por algo que se puede
conseguir por menos (pagar marca en vez de genérico); pagar el coste de
los efectos adversos evitables por menos de lo que cuesta afrontarlos; pagar
trabajo administrativo a precio de salario médico. Esos son ejemplos y hay
muchos más. En términos generales, requieren medidas que reduzcan la brecha de
efectividad (diferencia entre lo que se consigue y lo que se podría conseguir,
en términos de salud, con los conocimientos técnicos actuales). La
administración Obama se ha volcado en conocer la efectividad de la asistencia
médica como principal vía para reducir costes, en el contexto de la reforma
sanitaria americana. Los estudios para España de variabilidad de la práctica
médica [9, 10], entre otros, sugieren que existe un gran potencial de mejora en
este empeño de reducir la brecha de efectividad.
Combatir la
ineficiencia técnica requiere emplear los recursos adecuadamente: hacer lo que
hay que hacer, a quien hay que hacérselo, por quien mejor lo haga y con
el mínimo uso de unos recursos que, no lo olvidemos, podrían emplearse para
otros fines.
Ese reto implica
afrontar ineficiencias organizativas, que requieren reformas de mayor calado
porque afectan a la configuración de las redes asistenciales, no sólo de
centros aislados, y a la propia institucionalización de la Sanidad pública. El
sistema sanitario español despilfarra grandes cantidades de recursos por no
aprovechar economías de escala y sobre todo economías de red[11]. Se precisan
cambios para la gobernanza del sistema[12].
Una tentación para
afrontar a corto plazo la insuficiencia financiera es la privatización.
Actualmente el modelo "Alzira" está operativo en cinco de los 24
departamentos de salud de la Comunidad Valenciana (Alzira, Torrevieja, Denia,
Manises y Elche II). La atención sanitaria del 17 por ciento de la población
está a cargo de empresas privadas, con fuerte concentración empresarial. En
Madrid, desde principios de 2011 hay dos nuevos hospitales en construcción
(Móstoles y Torrejón), se ha licitado un tercero (Collado-Villalba) y se prevé
un cuarto en Carabanchel. A diferencia de los hospitales abiertos en 2008, que
salvo uno limitaban la colaboración privada a la construcción y eventual
explotación de algunos servicios, en esta nueva oleada se ha optado por el
modelo Alzira es decir, se profundiza en la gestión privada de los servicios
asistenciales públicos. Los movimientos privatizadores de Valencia, con el
"modelo Alzira", pero sobre todo los de Madrid, han desatado
apasionados debates dictados más por la ideología que por los argumentos y
datos, que han llegado incluso al Congreso de los Diputados. Paralelamente, en
los últimos años se han ido configurando y consolidando grupos empresariales
privados con poder de mercado creciente. Desde la perspectiva del análisis
económico, falta una evaluación rigurosa de su desempeño, que no es tarea
fácil, pues no hay "contrafactuales" que permitan comparar los nuevos
hospitales de gestión privada con los públicos (que tienen plantillas más
envejecidas, instalaciones obsoletas, e hipertrofia de algunos servicios por
inercias históricas). Habría que hacer un análisis riguroso de los cambios
en el bienestar social y sus costes y de los riesgos a largo plazo (por
ejemplo, de captura del regulador por el regulado).
Aunque se están
haciendo esfuerzos por integrar los niveles asistenciales, por coordinar la
Sanidad con el sector sociosanitario y de dependencia, y por redefinir las
competencias profesionales de forma más efectiva y eficiente, hay todavía mucho
camino por delante.
La crisis económica afecta a la salud sobre
todo a través de mecanismos no sanitarios
Los efectos más
devastadores de la crisis económica sobre la salud de las poblaciones, que
pueden dejar secuelas a largo plazo, no se producen por falta de acceso a la
Sanidad, o como consecuencia de haber reducido el presupuesto sanitario
público, sino como efecto del desempleo, el empobrecimiento y aumento de la
marginalidad, como efecto de la redistribución de la renta y por otros
mecanismos más económicos que sanitarios[13, 14].
Los recortes del
gasto sanitario traerán problemas de salud ya en el corto plazo, sobre todo si
son recortes indiscriminados. Alargar la espera por determinados diagnósticos o
intervenciones quirúrgicas vitales será más costoso, en términos de salud, que
obligar a prescribir la marca más barata, o dentro de una lista. Pero algunos
de los efectos sólo se notarán en el largo plazo, particularmente los de
ciertas rebajas en la prevención. La crisis económica afectará por distintos
mecanismos a la prevención primaria del cáncer[15]. Si bien conviene no bajar
la guardia, también hay que evitar caer en la trampa de una industria emergente
y rentable de la prevención, que vende sus servicios como bienes absolutos sin
consideraciones de coste-efectividad ni tener en cuenta que la cadena de
pruebas diagnósticas no es inocua.
Mucho es lo que se
puede hacer por la salud, en plena crisis, desde fuera del sistema sanitario
con movimientos como el de Salud en Todas las Políticas. La crisis económica es
una oportunidad para el cambio que se puede y debe aprovechar para poner cabeza
en los recortes y en los cambios organizativos y para encarar con valentía
cambios hacia el buen gobierno de la Sanidad y hacia la coordinación eficiente
de las CC.AA.
Fuente: elmedicointeractivo.es