JOSÉ ANTONIO SOBRINO DAZA 03/05/2010
En
las postrimerías de su mandato presidencial el general
Eisenhower llamó la atención sobre el inusitado poder
político-económico que habría conseguido lo que denominó
como "el complejo militar industrial" formado por la potente
industria armamentística y el estamento militar americano.
En la década de
los setenta se empezó a aludir a otro complejo referido al
sector sanitario que también alcanzaría importantes cotas de
poder.
Arnold Relman, en
su discurso a la Massachussets Medical Society, le llamaría
"el nuevo complejo médico-industrial". El complejo
médico-industrial al que aquí nos referimos estaría
integrado por la poderosa industria farmacéutica y de
tecnología médica, junto a instituciones sanitarias
diversas, profesionales, directivos y otros agentes
sanitarios relacionados con aquella; este complejo sustenta
un gran emporio económico y además ejerce una influencia
decisiva en aspectos tan transcendentales como la
investigación, la formación y la asistencia médica.
Si el presidente Eisenhower alertó sobre el conflicto de
intereses que plantearía el complejo militar armamentístico
a la Administración americana en una materia tan sensible
como la defensa nacional, un conflicto similar tiene
planteado el complejo médico-industrial, con los diferentes
sistemas de salud, en una materia no menos sensible como es
la sanidad. Los ensayos clínicos son una de las actividades
identitarias del mencionado complejo.
Con los avances científico-tecnológicos, la medicina fue
soltando el lastre del empirismo sobre el que en buena parte
se sustentaba. Instalados en las antípodas de ese empirismo,
los médicos hemos asumido, como si de un dogma se tratara,
la llamada medicina basada en la evidencia.
Archie Cochrane,
un epidemiólogo inglés de mediados del siglo pasado,
apoyándose en el valor del llamado ensayo clínico
aleatorizado, propició un cuerpo de doctrina basado en la
supeditación de la prescripción médica a la previa
demostración de su eficacia y seguridad con cohortes de
población representativas.
Los ensayos
clínicos son los métodos empleados para probar la eficacia y
seguridad de diferentes procedimientos terapéuticos,
fármacos fundamentalmente, que son comparados a otros
existentes en el mercado o con productos placebos. El
desarrollo de un ensayo clínico habitualmente conlleva una
fuerte inversión y su desarrollo abarca dilatados periodos,
distribuidos en cuatro fases. Las dos primeras, y
especialmente en la fase I, es donde se concentra el
verdadero esfuerzo innovador e investigador de la nueva
molécula. Una mayoría de los ensayos no superan esta fase.
Cuando los resultados de los ensayos sobre un nuevo producto
farmacológico son positivos, el fármaco puede ser
comercializado, previa autorización de las correspondientes
agencias reguladoras.
La mayoría de los ensayos clínicos están patrocinados por la
industria sanitaria. Sus fases finales suelen desarrollarse
en los hospitales públicos y, en bastantes de ellos, han
proliferado con pujanza. En los hospitales hay suficientes
pacientes con procesos y enfermedades diversas sobre los que
se puede probar la bondad de un nuevo fármaco o de cualquier
otro procedimiento diagnostico-terapéutico.
Para obtener
muestras representativas se intenta reclutar al mayor número
de enfermos, que con su consentimiento (frecuentemente poco
meditado) entran a formar parte del ensayo si reúnen los
denominados criterios de inclusión. Alcanzada una muestra
significativa, bien en el mismo centro o, lo que es más
habitual, con el concurso de otros (ensayos multicéntricos),
los resultados son valorados con métodos estadísticos. Los
ensayos clínicos sustentados sobre pilares sólidos son
procedimientos esenciales para la investigación
clínico-farmacológica, pero resultan ineficaces e incluso
peligrosos cuando se realizan con métodos poco consistentes.
Son conocidos, por su repercusión mediática, los efectos
deletéreos que produjeron determinados ensayos donde
primaron más los intereses económicos que los principios
éticos y las normas científicas.
En los hospitales públicos bastantes profesionales comparten
la asistencia médica con la realización de ensayos clínicos,
una actividad bien remunerada por la industria sanitaria.
Muchos de estos ensayos tratan de probar la efectividad de
medicamentos que cambian y aportan poco o nada respecto a
otros existentes en el mercado, con los que paradójicamente
no suelen compararse.
Hay ensayos que
carecen de rigor al no contar con grupos representativos y,
en otros, se recurre a artificios estadísticos para
magnificar y publicar resultados positivos exiguos, ya que
los negativos raramente se publican. Son estas algunas de
las deficiencias de una variedad light de investigación
clínica que, paradójicamente, no sólo es consentida sino
incluso más valorada en los currículos profesionales que la
buena práctica médica.
Una gran proporción de los ensayos clínicos están
controlados y financiados por las compañías farmacéuticas y
de su difusión suelen encargarse profesionales de la
medicina en congresos y foros diversos, subvencionados
mayoritariamente por dichas compañías. Como han resaltado,
entre otros, Marcia Angell y Richard Smith, ex editores de
The New England Journal of Medicine y British Medical
Journal, en la difusión de ensayos clínicos poco
consistentes también participan prestigiosas revistas
médicas, lo que les ha supuesto perder su tradicional
independencia y bajar en el nivel de calidad.
Pero, directa o
indirectamente, todos se benefician con las compensaciones
del complejo médico-industrial; los mismos hospitales
públicos, además de los profesionales que participan en los
ensayos, reciben también una sustanciosa parte del monto
económico que las compañías pagan por la realización de los
mismos.
Un extenso entramado de profesionales, agencias, fundaciones
e instituciones sanitarias diversas de algún modo y en grado
diverso acaban siendo fidelizados por la industria
sanitaria. A través de estos profesionales e instituciones,
las compañías farmacéuticas, además de promocionar sus
productos, intervienen en la gestión y dirección de la
investigación y docencia médica.
Con una llamativa
pasividad por parte de las diferentes administraciones
sanitarias y universitarias, asistimos a un continuo
trasvase más o menos larvado de la formación médica
continuada a los ámbitos de la industria sanitaria. Los
numerosos congresos, cursos, conferencias, etcétera, que
aquella organiza y financia, aderezados con tintes lúdicos
diversos, se hacen más atractivos que sus homónimos
institucionales. Toda esta dinámica devenga en un territorio
propicio para el marketing de la industria sanitaria, igual
que ocurre con los ensayos clínicos.
Habitualmente,
cuando con un ensayo sobre un nuevo fármaco se obtienen
resultados positivos, éstos, aunque sean poco convincentes,
se difunden con profusión y, conseguida la aprobación de las
agencias reguladoras, el nuevo fármaco es asimilado
rápidamente por el mercado. Lo mismo sucede con la moderna
tecnología diagnóstico-terapéutica, aunque no es infrecuente
que estudios posteriores más sosegados pongan en tela de
juicio aquellos beneficios.
Para regular las relaciones de la industria sanitaria con el
sector médico, algunas organizaciones médicas y
farmacéuticas han elaborado códigos éticos y normas sobre la
buena práctica para la promoción de los medicamentos, que no
han pasado de ser capítulos de buenas intenciones enunciados
con llamativos epígrafes. Persiste, por tanto, esta especie
de contaminación que sufren los sistemas de salud de manos
de la industria sanitaria, como vienen denunciando diversas
instituciones y profesionales de reconocido prestigio, que
además exigen la adopción de reglamentaciones claras que lo
eviten. Pero esto seguirá siendo una entelequia si nos
conformamos con tímidas medidas reguladoras. Es preciso
cambiar las actuales relaciones del sector médico con la
industria sanitaria. Un modelo transparente conllevaría
desvincular las aportaciones económicas que la industria
destina para formación, investigación y asistencia médica de
aquellas instituciones y profesionales con capacidad de
prescribir libremente sus productos o de influir a través de
medios científicos y docentes a que otros lo hagan. Deberían
constituirse organismos independientes y con suficiente
solvencia para ser los destinatarios y distribuidores de las
mencionadas subvenciones. Organismos similares podrían
controlar los ensayos clínicos, velando por su rigor, por la
publicación de todos los resultados (no solo los positivos)
y por su separación de la práctica médica habitual, cuando
existan conflictos de intereses con las compañías
farmacéuticas que los financian.
Normas de este tipo darían luz a unas actividades que
proyectan bastantes sombras sobre este complejo médico
industrial. Además, contribuirían a reducir la prescripción
diagnostico-terapéutica de dudosa eficacia que lastra un
buen sistema sanitario, pero progresivamente más costoso y
difícilmente sostenible.
José Antonio Sobrino Daza es jefe del Servicio de
Cardiología del Hospital Universitario La Paz
Fuente: El pais.com