SERGIO C. FANJUL 10/07/2010
Neurociencia,
astrobiología, evolución, historia de la ciencia, rompecabezas matemáticos...,
el tránsito de novedades de divulgación científica en los anaqueles de las
librerías es constante. Una oferta para todos los gustos
La ciencia cada vez interesa más.
Desde 2005 el número de libros de científicos editado ha subido más de un 18% y,
a día de hoy, supone una décima parte de lo que se publica. Así, los anaqueles
destinados a la divulgación en las librerías sufren un tránsito constante de
libros que acercan los electrones, las neuronas, los dinosaurios, los
abracadabras matemáticos o la evolución de las especies al lector medio. He aquí
una selección de las últimas novedades en este sector.
Comprender el cerebro desde nuestro
propio cerebro no es tarea fácil, pero los neurocientíficos no cejan en su
empeño.
Algunas de sus teorías y avances
transcienden los muros de los centros de investigación y universidades
convertidos en libros divulgativos. ¿Saben ustedes lo que es un kluge? Es el
acrónimo en inglés para torpe, cojo, feo, pero bastante bueno (clumsy, lame,
ugly but good enough). El cerebro es, así, un kluge, es decir, no es ni por
asomo un diseño perfecto, sino que fue construido azarosamente por la evolución,
colocando parches, repitiendo sistemas para realizar las mismas funciones, de
una forma altamente ineficiente. Pero funciona. Dos libros parten de esa idea
para indagar en la naturaleza del cerebro. Uno de ellos es Kluge (Ariel), de
Gary Marcus, escrito de forma desenfadada y con humor. El otro, El cerebro
accidental (Paidós), de David Linden, explica cuestiones tales como por qué
tenemos una infancia tan larga, por qué somos monógamos, por qué tendemos a las
creencias religiosas, entre otras características genuinas de la especie humana.
Todo ello desemboca en una férrea
defensa de la evolución frente a aquellos seudocientíficos que pregonan que,
precisamente, el diseño del cerebro (y el mundo) no es accidental, sino
inteligente. En esta dirección discurre Por qué la teoría de la evolución es
verdadera (Crítica), de Jerry A. Coyne, que pelea contra el infantilismo
científico del llamado diseño inteligente repasando los logros de la evolución
cuyas bases sentó Charles Darwin hace 150 años, y que parece que todavía hay que
recordar a algunos.
En La máquina de las emociones
(Debate), Marvin Minsky divide el cerebro en una cantidad enorme de recursos que
se activan o se desactivan dando lugar por igual a emociones y pensamientos.
Ejemplo: cuando sentimos ira se activan los mecanismos que nos otorgan una
fuerza y una velocidad inusuales, pero, al mismo tiempo, se desactivan aquellos
que nos hacen ser prudentes. Así explica Minsky el amor, los estados de ánimo y
hasta la consciencia, para luego aplicar estas ideas al desarrollo de las
máquinas que piensan, es decir, la inteligencia artificial, en la que es
experto.
En la frontera entre esas dos
disciplinas que hemos dado en llamar ciencias y humanidades cabalga Proust y la
neurociencia (Paidós), de Jonah Lehrer. La magdalena proustiana fue también un
punto de partida para el joven neurocientífico: a partir de ella inició su
proyecto de explicar biológicamente el fenómeno memorístico que permitió al
autor francés escribir En busca del tiempo perdido, la naturaleza de la visión
con la que Cézanne abordó su obra pictórica o los procesos cerebrales que
hicieron crecer las Hojas de hierba del poeta Walt Whitman.
Siguiendo el hilo tenemos libros que
ahondan en algunos momentos cruciales de la historia de la ciencia y del mundo
que acontecía alrededor. La invención del aire (Turner), de Steven Johnson,
narra la historia del descubrimiento del oxígeno por parte del científico inglés
del XVIII Joseph Priestley, al tiempo que trenza en torno a él un retrato de la
sociedad de la época, las ideas ilustradas y la Revolución estadounidense,
también del cambio de paradigma y el inicio de la circulación libre de las
ideas, entre otras muchas cosas. Nikola Tesla, el genio al que le robaron la luz
(Turner), de Margaret Cheney, hace lo propio con una de las figuras indelebles
de la física de la electricidad y el magnetismo y su tiempo.
Las matemáticas, como se repite hasta
la saciedad sin que el sentir popular acabe de cambiar, también pueden ser
divertidas: a demostrarlo dedicó gran parte de su vida el recientemente
fallecido Martin Gardner. Desde su columna Mathematical Games de la revista
Scientific American, Gardner comprendió e hizo comprender a los lectores todo
tipo de rompecabezas matemáticos. RBA propone tres recopilaciones de sus
artículos: ¡Ajá! Paradojas que hacen pensar, Matemáticas para divertirse y
Rosquillas anudadas, indicadas para dar un poco de mambo a las neuronas. En
Gödel para todos, Guillermo Martínez (autor a la sazón de la novela Los crímenes
de Oxford) y Gustavo Piñeiro tratan de explicar con sencillez (aunque resulte
una tarea ardua) el teorema de incompletitud de Kurt Gödel, que en 1930 trastocó
las bases de la matemática y puso límites a lo que los matemáticos creían poder
llegar a comprender.
Dando un brinco encontramos La vida en
el espacio (Crítica), de Lucas John Mix, un volumen dedicado a la joven ciencia
de la astrobiología, todavía algo desconocida e interdisciplinar (aúna la
biología, la astrofísica, la química, la geología...), dedicada al estudio de la
vida fuera de la Tierra.
Pero, bajando de las alturas, y ya que
es verano, si a usted le aplatanan las altas temperaturas y el sosiego estival,
pueblan los anaqueles un puñado de libros rigurosos a la vez que frescos y
divertidos. Uno de ellos es ¿Por qué la araña no se pega a la telaraña? y otros
misterios mundanos de la ciencia (Ariel)
Tras este ingenioso título, Robert
Matthews recopila las respuestas que durante años dio a preguntas, algunas
ingenuas, algunas desconcertantes, pero todas ellas interesantes, que le
plantearon semanalmente los lectores del periódico británico Sunday Telegraph:
¿por qué vuelven los bumeranes?, ¿por qué no podemos hacernos cosquillas a
nosotros mismos?, ¿cuál es el mayor número posible? Así, con buen ritmo y ayuda
de los expertos, Matthews construye una visión de la ciencia útil, sorprendente
y muy cercana a los lectores.
También Ariel lanza una serie de
libros-guía: los 50 cosas que hay que saber de... en los que en solo cuatro
páginas por tema, de forma muy didáctica, con resúmenes, recuadros explicativos
y gráficos, se despacha lo esencial de disciplinas como la física, las
matemáticas, psicología, economía... El de física, por ejemplo, trata temas como
el principio de incertidumbre, la teoría del caos, la relatividad o el efecto
fotoeléctrico. Resultan ideales para hacerse a vuela pluma una idea panorámica
de cada ciencia. En 50 teorías científicas revolucionarias e imaginativas (Blume)
tenemos más o menos la misma idea, pero en formato más cuidado, a todo color y
con grandes ilustraciones (también lo hay de filosofía).
La oferta, como puede verse, es para
todos los gustos: diferentes temas, enfoques y niveles de dificultad. Lo que sí
que falta es la excusa para no ahondar este verano en la ciencia, a conciencia.
No hay excusa.
Fuente: Elpais.com