Por Juan Gérvas,
médico general rural, Canencia de la Sierra,
Garganta de los Montes
y El Cuadrón (Madrid). Equipo CESCA,Madrid.
Dirección para
correspondencia: Travesía de la Playa 3, 28730
Buitrago del Lozoya (Madrid). Correo-e jgervasc@meditex.es
Introducción, con una historia escolar
“En la escuela donde doy clase (soy de gimnasia) llegó una maestra nueva este
año, una especie de señorita Rottenmeyer, y de repente parece que en vez de
escuela tengamos una clínica de diagnósticos para todo niño que no se adapta a
ella: hay un tartamudo que no es tal, Pedro, pues en realidad sólo tartamudea
con ella, luego está Ofelia, que la han derivado a salud mental con neurosis
obsesiva (9 años), porque llora y tiene pánico a venir a clase... Cuando lo
comenté con el director, me dijo “ya la conoces; es un tema delicado; es una
compañera, -el corporativismo-; no te metas”… “ya, pero es que yo les doy clase,
y me piden que me quede más rato para no estar con ella y veo el miedo en sus
ojos... y sobre todo estamos en noviembre...” Reconozco que el tema me está
afectando, pero es que entre unos niños que vomitan antes de ir a la escuela,
unos padres que creen que a sus hijos les pasa algo y unos compañeros que miran
para otro lado o se suman a “detectar” casos clínicos... supongo que canalizo la
frustración hacia escribir (como decía Gloria Fuertes, "en vez de echarme al
odio o a la calle, escribo a lo que salga"...). Pero luego, a medida que
continuaba escribiendo, el tema me iba pareciendo mucho más importante de lo que
había previsto, y cuando lo comentaba con los compañeros les sonaba a chino. De
hecho, en educación se está en la fase de prevención, del “prevencionismo”, y
cuanto más precoz mejor, sin tener muy en cuenta la medicalización. La intención
(de este viaje a Ítaca) es crear opinión entre el profesorado (que es mi campo)
y los servicios de salud (que es el tuyo)”.
Es el testimonio de una maestra que se conmueve con el sufrimiento de niños y
padres. Una maestra espantada que pide ayuda a un profesional sanitario pues se
sorprende por la transformación de la timidez infantil en “depresión”, de la
inquietud
del niño inteligente y despierto en “trastorno por déficit de atención con
hiperactividad”, del miedo a la maestra rígida incompetente en “neurosis
obsesiva”, del dolor abdominal y los vómitos ante la exigencia escolar en
“intolerancia a la lactosa”, “dolor abdominal recidivante” o “síndrome de
intestino irritable”, y demás.
¿Cómo hemos llegado a
esto?
¿Cómo es posible que estemos transformando cualquier problema cotidiano en un
problema de salud, en un “trastorno mental”?
¿Son los trastornos mentales menores realmente un problema de salud?
Intentaré dar respuesta a estas tres cuestiones en lo que sigue. Aunque he
utilizado bibliografía apropiada que se cita al final, el punto de vista será
eminentemente clínico y práctico, típico del médico general que pasa consulta a
diario. Para mejor interpretarlo cuento con un antropólogo marciano. Sí, un
“marcianólogo”2 transmutado en antropólogo, nacido y criado en Marte, en la
civilización que allí existe hace cien mil años, y que ha decidido finalmente
mandar a un estudioso a tomar contacto con los humanos, y por un error menor
cayó en Canencia de la Sierra (Madrid, España), en lugar de Washington (Distrito
de Columbia, EEUU).
Dueños de un
cerebro demasiado grande, ¿o es el cerebro el que nos posee?
La especie humana se caracteriza por ser bípeda. Ello conlleva un parto difícil
en las hembras, y el típico dolor de espalda inespecífico en machos y hembras.
También en ambos el andar de pie libera las extremidades superiores y permite el
desarrollo de las manos con su capacidad para manipular objetos pequeños y
delicados. En paralelo a las manos se desarrolla un cerebro hasta cierto punto
monstruoso, pues es incapaz de entenderse a sí mismo.
Un cerebro que se asocia a auto-conciencia, a reflexión acerca del devenir de la
vida, a capacidad de echar de menos a quienes murieron y a posibilidad de
desarrollo de un lenguaje y una cultura que nos “poseen”, pero que es incapaz de
comprenderse y conocerse a sí mismo después de múltiples y variados estudios
biológicos y psicológicos y teorías científicas y filosóficas varias.
Cabe por ello preguntarse si el cerebro no será sencillamente la expresión del
alienígena que nos abduce a todos.
Pero tal alienígena debe ser un magma social, como bien demuestran las historias
repetidas de niños-lobo. Esos niños que han perdido su infancia en el bosque
donde consiguen supervivir y que luego fracasan casi inevitablemente al
incorporarse a la
sociedad. Ni son felices por reencontrar a sus congéneres ni son capaces de
adquirir las habilidades lingüísticas y sociales mínimas para vivir entre
iguales. Sucede como si nuestro monstruoso cerebro precisara en la infancia del
contacto y del roce con otros
cerebros parecidos para llegar a desarrollarse plenamente. El alienígena que nos
abduce precisa en la infancia de energía mental y social compartida, diría el
antropólogo marciano que nos observa.
Para él ésta es una cuestión clave, pues no entiende de esa necesidad de tener
un marco social y cultural para que se desarrollen plenamente circuitos
aparentemente tan simples como los del lenguaje (desde el punto de vista del
marciano nuestras capacidades lingüísticas son primitivas), aunque puede
entender que sea necesario el contacto con humanos para desarrollar sentimientos
complejos tipo la sensación de felicidad y de salud. Uno siempre es feliz o está
sano en un contexto cultural y social
determinado que marca las formas y expresiones de la felicidad y de la salud. En
ese sentido, le digo yo al antropólogo marciano, uno siempre habla con otro
(aunque el poeta dijo que “quien habla solo piensa un día con Dios hablar”) lo
que quizá explica la necesaria interacción social para el desarrollo normal de
las capacidades lingüísticas.
Pero es cierta la necesidad del contexto social en el enfermar, la
conceptualización social de la salud y de la normalidad. Así, por ejemplo, la
homosexualidad fue una enfermedad que exigía tratamiento (con apomorfina,
principalmente, que a veces se complicaba y llegaba a matar) hasta bien avanzado
el siglo XX enmuchos países desarrollados, como el Reino Unido; en la _
actualidad sigue siendo pecado para muchas religiones, es enfermedad en multitud
de naciones, y delito en otras tantas. Resulta difícil explicarle al antropólogo
marciano el porqué de estas diferencias, que tal vez se funden en algunos
componentes atávicos de nuestro cerebro.
Sostengo con el antropólogo marciano que nuestro cerebro es todavía un órgano
inmaduro, que en el curso de la evolución irá adquiriendo independencia y
necesitando menos y menos el contacto social y cultural para lograr su
desarrollo pleno.
Quizá esa maduración también nos libere de la necesidad de drogarnos para
soportarnos a nosotros mismos y a la sociedad en que nos desarrollamos y
vivimos. Drogarnos con drogas de todo tipo o con otras formas más elaboradas de
conseguirlo, como el trabajo sin límites, el deporte excesivo, el sexo
compulsivo, la fe en algo absurdo, y demás. En cualquier caso hoy por hoy
nuestro cerebro en cierta forma nos posee, quiere contacto con los iguales y
necesita alguna droga para no desatarse. Hasta cierto punto los médicos están
dispuestos a dar respuesta a ese “ansia de drogas” en forma de psicofármacos,
justificados con diagnósticos más o menos esotéricos, del tipo de “trastorno por
déficit de atención con hiperactividad”.
De brujos a
(aparentes) médicos científicos
Sostiene Andreu Segura, salubrista catalán de pro, que el primer médico fue
mujer prehistórica capaz de atender a otras mujeres en el parto. Después de
discutir esta cuestión con el antropólogo marciano, que conoce a fondo la
evolución humana, hemos llegado a la conclusión de que el primer médico fue
miembro destacado de
la tribu que consiguió convencer a lo suyos de que tenía un poder más o menos
real de “sanación”, de forma que dejó el “trabajo” de búsqueda incesante del
sustento. Es decir, el primer médico fue brujo o chamán con poderes sobre la
conducta de sus iguales, tanto psicológicos como farmacológicos (plantas
varias). Con estos poderes pudo especializarse en la ayuda a los que sufrían, y
a cambio independizarse del agobio de encontrar comida para supervivir: lo
hacían otros por él, para conseguir sus favores. Tiene algo de cruel esta
sugerencia, pues transforma al médico primigenio
en un ser humano dotado al tiempo de poderes de sanador y de manipulador; es
decir, al tiempo sabía consolar y ayudar en la aflicción, en la enfermedad y en
el morir (también en el nacer, obviamente), y sabía atemorizar para asegurarse
su posición de
miembro especializado, no activo en la caza ni en la recolección.
_
Con el tiempo, tras miles de años de evolución, del sanador va quedando poco y
del manipulador va aumentado su capacidad. En todo caso, de lo que no cabe duda
es que la evolución desde el brujo al médico actual sólo tiene una inflexión
intensa cuando 1/ se intenta clasificar el sufrimiento a imitación de la
clasificación de los seres vivos de Linneo, 2/ se introducen las ciencias
biológicas, físicas y químicas en el diagnóstico y en el tratamiento de los
pacientes (análisis de orina y sangre, síntesis de medicamentos, uso del
termómetro, comprensión de la oxidación biológica, rayos X, etc.) con el
consiguiente prestigio de los hospitales como lugar físico de esa “medicina
científica”, y 3/ se logra que el individuo y la sociedad pierdan su capacidad
de definir salud, enfermedad y factor de riesgo.
Esta tercera característica es la clave a finales del siglo XX y comienzos del
XXI. La pérdida de la capacidad de definir salud amplia hasta al infinito el
poder de los médicos, al tiempo que deja inerme a las poblaciones e individuos
ante la enfermedad.
Por ejemplo, la salud del recién nacido y del bebé, y en general del niño, ya no
depende de la opinión y experiencia ni de la madre ni de la abuela, ni de otras
mujeres de la tribu o grupo social. Ahora el niño está sano sólo si lo determina
el médico (o la enfermera como su delegada) una vez superado la “revisión del
niño sano”.
Con esta “expropiación de la salud” todo el poder se da a los médicos que ya no
sólo definen la enfermedad sino la salud, gran atrevimiento que no se ve como
tal. De ahí su intromisión en los problemas de la vida diaria, de ahí su poder
de definir como enfermedad (falta de salud) los casos comentados al comienzo de
este texto, en la escuela. ¿Son los niños enfermos, o los enfermos somos los
maestros y médicos audaces e imprudentes? Según el antropólogo marciano, los
segundos ya que los primeros son simples víctimas.
En cualquier caso, lo clave es que la salud ya no se define por una experiencia
personal sino por parámetros biológicos, o por escalas psicométricas que
utilizan los médicos. La salud se convierte en medida y en norma. Estar sano es
pertenecer a una media, a unos valores en un cierto intervalo que definen los
médicos. Así, los niños
que se salen de la norma, de los parámetros que un maestro puede valorar, caen
pronto en manos de médicos y psicólogos que con medidas “científicas” determinan
la anormalidad del niño, casi siempre seguida de la necesidad de tratamiento
medicamentoso y/o psicológico.
La transformación de la salud en bio y psicometría deja inerme y sin valor al
humano en los extremos, o fuera de ellos, al que entra y sale de una depresión
sin pedir permiso a nadie, al que tiene una variación de la normalidad, al que
no se adapta a un contexto, al que al tiempo quiere vivir y morir, al que
simultáneamente siente amor y odio, al que tiene baches de ánimo y conducta y al
que rechaza la estructura violenta de nuestra sociedad, entre otros (al
que escribe esto, añade por lo bajinis el antropólogo marciano).
Estar sano ya no es sentirse sano, ya no es disfrutar de la vida y de sus
inconvenientes. La salud ya no es capacidad para superar los inconvenientes de
la vida y disfrutar de la misma (de hecho, en latín, dice el antropólogo
marciano, salus alude a “estar en condiciones de superar un obstáculo”). Ahora
la salud la definen los médicos con normas y medidas, y si el humano no cae
dentro de las mismas es un enfermo, aunque no lo sepa y aunque pueda superar los
obstáculos de la vida diaria. “¡Gran sorpresa!”, dice el antropólogo marciano al
reflexionar sobre la ignorancia de los médicos que transforman a sanos
ignorantes de sus males en enfermos dependientes de sus artes. Artes peligrosas,
pues son cascadas diagnósticas y terapéuticas de incierto final, de forma que en
muchos casos es peor el remedio que la enfermedad.
En mi opinión, lo que está enfermo es un entramado cultural que busca la salud
como ausencia de todo mal/daño (físico, psíquico y social) y que aspira a la
juventud eterna y a la ausencia de sufrimiento. Por supuesto, en ese entramado
hay piezas clave, como la esotérica definición de salud de la Organización
Mundial de la Salud, de 1946, tan perjudicial como errónea (“estado de perfecto
bienestar físico, psíquico y social, y no sólo la ausencia de lesión o
enfermedad”). Con la riqueza de las naciones y con la educación de las
poblaciones mejora la salud a niveles desconocidos previamente, pero la vivencia
personal es de amenaza continua de enfermar y de morir con la consiguiente
aceptación de las reglas, normas y definiciones de los médicos que poseen un
poder arrollador y manipulador, pues parecen dotados de capacidades
cuasi-milagrosas, adornados con el éxito en casi cualquier cosa, con sus
máquinas y métodos deslumbrantes, desde vacunar a operar sin dolor, desde curar
neumonías a reparar fracturas, desde definir enfermedad a pre-enfermedad.
La cuestión de fondo es si el médico está renunciando a su papel de sanador para
pasar a ser simple manipulador disfrazado de científico. Es decir, el problema
es si el poder casi omnímodo con máquinas y utensilios lleva al abandono de la
palabra, a la renuncia a la comprensión del sufrimiento, a no “tocar” al
paciente (ni para la cortesía del saludo ni para la exploración física), a negar
el efecto placebo de la empatía y a obviar el compromiso del médico en el
seguimiento de la enfermedad y ante la muerte.
La Medicina Basada en Pruebas (mal traducido del inglés como “Medicina Basada en
la Evidencia”, apunta el antropólogo impertinente) ha dado nueva fe en la
ciencia al médico, que cree devenir científico, que renuncia a sus poderes
sanadores, que se “independiza” del sufrir y de la experiencia del enfermar y
del morir, y que traslada conocimientos obtenidos de la población a los
pacientes individuales en la consulta con una inocencia imprudente y a veces
mortal (sirva de ejemplo el deletéreo efecto de los “parches en la menopausia”).
Ser científico es ser neutral y frío, es no implicarse ni conmoverse, en dicha
interpretación de la ciencia.
Dice el antropólogo
marciano que es incomprensible esa conversión a la ciencia del médico del siglo
XXI, que es inadmisible esa fe de converso que arrasa la práctica clínica pues
todo se funda en una ciencia poco fundamentada, “cogida con alfileres”, ciencia
primitiva y pobre que no es ciencia ni es “ná” (el antropólogo marciano goza con
las expresiones chelis).
Digo yo que mis compañeros no sólo no aguantan su cerebro de médicos (utilizan
más drogas y se suicidan más que la población de su misma edad, sexo y situación
socioeconómica) sino que evitan enfrentarse con lo que les es propio, con el
sufrimiento y la muerte, porque ellos también aspiran a la juventud eterna, a la
vida sin riesgo ni de enfermar ni de sufrir, al vivir sin inconvenientes y sin
problemas. Se está así a un paso de transformar toda reacción ante los problemas
diarios en enfermedad, en trastorno mental que requiere diagnóstico y
tratamiento, que abarcaría desde el desagrado que nos crea la visión de un
determinado vecino a la angustia vital, pasando por el agobio por no llegar en
lo económico a final de mes. La salud ya no es capacidad de superar los
inconvenientes y adversidades de la vida diaria sino la ausencia de todo
inconveniente y adversidad; es decir, la salud es un imposible, y lo “normal” es
estar enfermo, tener trastornos mentales y problemas sanitarios.
Todo se pone en contra
del papel de sanador y a favor del manipulador. Este último se ve potenciado,
además, por un mercado que incita al consumo sin satisfacción posible. Un
mercado que va de la prevención al tratamiento. Prevención a veces agresiva,
tratamientos a veces excesivos.
Precaución con la
prevención (o la necesidad de poner coto a la prevención sin límites)
Lamentablemente, coincidiendo con la expropiación de la salud los médicos se han
ido llenando de orgullo, como bien demuestra el atrevimiento preventivo. Por
ejemplo, con las mujeres a las que someten a un verdadero encarnizamiento
diagnóstico y terapéutico, con citologías de más (inútiles y peligrosas) y
mamografías de cribaje de difícil justificación científica, y demás. El
antropólogo marciano mantiene un obsesivo interés por la anatomía femenina que
ve mucho más interesante que la masculina, y quizá por ello sea tan crítico con
la prevención sin límites que se les ofrece a las mujeres, con graves
consecuencias. Por ejemplo, muchos cánceres diagnosticados con la mamografía de
cribaje nunca hubieran evolucionado, y muchos habrían desaparecido solos. Pero
en su tratamiento se agobia y mutila a las mujeres, que además terminan
agradecidas pues “me han salvado de morir por cáncer”. Pasa lo mismo con los
varones y el cribaje con la determinación del PSA, que lleva a muchas
septicemias, impotencias e incontinencias, pero todo vale con tal de “erradicar
cánceres de próstata”, por más que muchos de ellos sean silentes acompañantes
del vivir hasta morir de otra causa. No sé porqué esta cuestión interesa menos
al antropólogo marciano, que ve a los varones como más torpes y tontos, lo que
en su opinión justifica que mueran antes que las mujeres.
En todo caso, sería importante que el médico tuviera claro que no siempre es
mejor prevenir que curar. Prevenir es actividad que se suele ejercer sobre sanos
(o aparentemente sanos) y eso cambia completamente el contrato implícito entre
el médico y el paciente, entre los profesionales sanitarios y la sociedad. Hasta
la aparición de los factores de riesgo (y de las pre-enfermedades) existía un
contrato de tolerancia a la actividad médica, pues se dirigía al consuelo del
sufrimiento, al alivio del dolor, a la curación del enfermar, a ayudar a morir
con dignidad. Así, por ejemplo, ante la sospecha de apendicitis la sociedad ha
tolerado tasas de error hasta del 50%, en el supuesto de que el daño hecho es
mucho menor que el beneficio obtenido.
Cuando se ofrece prevención la cuestión es muy distinta, pues de lo que no cabe
duda es del daño hecho al sano (o aparentemente sano). Así, por ejemplo, al
tratar de diagnosticar precozmente la depresión (actividad de prevención
secundaria) podemos hacer daño a todos los que se someten a las pruebas, de
forma a veces inesperada, y en todo caso hay una tasa inevitable de falsos
positivos y falsos negativos en los que el daño es indudable y esperable.
Conviene mantener la máxima de “todo cribaje conlleva daños; algunos se ven
superados por los beneficios”.
Sin embargo, la
prevención tiene una aureola positiva que le exime incluso de la necesaria
precaución en su actividad. Por pura lógica, sostiene el antropólogo marciano,
la prevención tienen efectos adversos, pues no hay actividad médica que carezca
de ellos. Con el grave inconveniente, remacho yo, de que la prevención se hace
sobre sanos (o aparentemente sanos). Me contesta el antropólogo marciano que eso
se está solucionando, al transformar en enfermedad lo que son factores de riesgo
o pre-enfermedades. Por ejemplo, dice, la hipertensión. La hipertensión no es
una enfermedad sino un factor de riesgo para la insuficiencia cardiaca y el
accidente cerebrovascular, pero se ha convertido ya en enfermedad de facto, y
los pacientes y la sociedad toleran los graves inconvenientes y efectos adversos
de su tratamiento y de su seguimiento. Los médicos y pacientes ignoran que los
factores de riesgo no son causa de enfermedad, ni son suficientes ni necesarios
para que se presente la enfermedad. Los factores de riesgo son simples
asociaciones estadísticas. Pero en su nombre se inician millones de cascadas
diagnósticas y terapéuticas, de enorme coste personal, social y económico. Por
ejemplo, en la prevención del suicidio se transforman trastornos mentales
menores, reacciones a inconveniencias y dificultades de la vida, en “depresión”,
se cronifican cambios circunstanciales, se deriva al paciente a los servicios de
salud mental, se da la baja laboral y se trata con antidepresivos y apoyo
psicológico. Todo inútil y peligroso, con
efectos adversos a veces no considerados. Así, por ejemplo, el estar de baja se
asocia per se a mayor probabilidad de suicidio, más separaciones matrimoniales,
peor expectativa laboral y más probabilidad de ludopatía y alcoholismo. ¡Flaco
favor al “deprimido”, al que parten “pormedio”! dice el incontinente antropólogo
marciano.
Ignorancia científica,
añado yo, de médicos que se consuelan ante su renuncia a ser sanadores con
aquello de “… pero la calidad científica y técnica que ofrecemos es excelente”.
“¡Vamos ya!” remata el dichoso antropólogo.
Conclusión
Los trastornos mentales mayores agobian al paciente, a sus familiares y a
los profesionales con sus síntomas y consecuencias.
Así, por ejemplo, nos sobrecoge la visión de un esquizofrénico vagabundo
durmiendo en un banco en el parque en una noche de invierno.
También debería sobrecogernos y conmovernos la imagen opuesta, la de esos niños
transformados en enfermos crónicos por maestros desconcertados y por médicos
generales inseguros, sometidos todos ellos a la tiranía de expertos e industria
que actúan con verdadera malicia con tal de incrementar su poder y sus ventas.
Los trastornos mentales menores merecen la misma respuesta que los trastornos
físicos menores. Es decir, la “espera expectante”, el simple “esperar y ver”, el
“dar seguridad”, la escucha terapéutica y el puntual alivio sintomático.
Dice el antropólogo marciano que los médicos deberíamos pensar en prestar
atención simultáneamente como sanadores y científicos, con una mezcla adecuada y
en partes proporcionales según los casos y situaciones. Dice también que
tendríamos que disminuir el poder de manipulación, poner límites a la
prevención, ser prudentes en la definición de salud, fomentar la vivencia de la
felicidad en nuestros pacientes (¡se puede incluso morir “sano” y feliz,
sintiendo que el tiempo se cumple y es la hora!) y evitar el fácil recurso a los
psicofármacos. Dice que está bien drogarse, pero sin pasarse. Dice que entre la
Tierra y el Cielo no conviene el Érebo, que entre la luz
cegadora y las tinieblas infernales caben las vidas terrenales,
sencillas y complejas, alegres y confiadas. Dice que la vida vale la pena
vivirla con y sin salud y que ésta no se puede reducir a normas y medidas. Dice
que la felicidad y la salud están en nuestro interior, con cierto grado de ayuda
exterior, aquí y en Marte. Dice que en Bután han contrapropuesto al “Producto
Interior Bruto” la “Felicidad Interior Bruta” 3, y que no están tan locos ni son
tan anormales al pensar en el desarrollo holístico de la sociedad y de los
individuos.
Digo yo que lo que dice el antropólogo marciano está bien dicho.
Bibliografía (por orden alfabético) (con exceso de referencias de las del
autor, dice el antropólogo marciano)
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1 Ponencia para la
mesa “Los trastornos mentales menores. De menores a frecuentes”, coordinada por
Ander Retolaza. XXIV Congreso de la Asociación Española de Neuropsiquiatría,
Cádiz (España), 3 al 6 de junio de 2009.
2 Por conveniencia
considero macho al marcianólogo, por más que en su anatomía externa no sea
evidente ningún carácter sexual secundario. Respecto a su conducta tiene rasgos
tanto femeninos como masculinos pues mezcla ternura con determinación, y
bravuconería con humildad.
3 Entre los
componentes de la Gross National Happiness (Felicidad Interior Bruta) está el
desarrollo económico –según poder adquisitivo, renta familiar y distribución
social de la riqueza-, medio ambiente, calidad de empleo, relación con el
entorno social, satisfacción de aspiraciones y otros.