La farmacología social, en el sentido más amplio
del término, consiste en el estudio de un producto farmacéutico (comercializado)
en una sociedad moderna. En otras palabras, esta disciplina abarcaría el
conocimiento de cómo la sociedad hace uso de los medicamentos.
Pero para llegar a esta concepción debemos saber apreciar el entorno social y
profesional del medicamento en un mundo globalizado. Desde la perspectiva del
profesional sanitario, como una herramienta sofisticada en su desarrollo pero
imprescindible en el quehacer diario para curar y aliviar a la persona enferma.
Sin embargo, el medicamento pertenece hoy en día al ciudadano, que es quien
reclama más calidad de vida y bienestar. No solo se trata de prevenir y curar
enfermedades importantes, sino también de aquellas necesidades relacionadas con
su higiene, su apariencia personal o estética, o bien de aminorar cualquier leve
sufrimiento, para disfrutar con plenitud su vida.
Pues bien, la farmacología social forma parte de aquellos múltiples términos
donde se concatena la sociedad y la salud (medicina social, psicología social,
comportamiento social, seguridad social, gerontología social, etc.), pero con el
valor añadido de ser una disciplina con entidad, objetivos y métodos de
investigación propios, como veremos posteriormente. En su primer atisbo, sobre
la década de los 50 en Estados Unidos, la farmacología social estaba ligada a
las consecuencias sociales de la drogadicción (narcóticos, barbitúricos,
psicofármacos). Un aspecto que en la actualidad solamente constituye una parte
de la farmacología social que preconizamos. Con la publicación del libro
multiautor “Clinical and Social Pharmacology: Postmarketing Period” de 1985 (J.L.Alloza,
editor; Editio Cantor, Aulendorf, Alemania), se establecen las bases que hoy
estamos potenciando.
Una “jungla” de factores culturales y sociales
Y es que el periodo de comercialización de los medicamentos difiere
sustancialmente del proceso que ha tenido lugar anteriormente. Por ejemplo, en
los ensayos clínicos realizados durante la fase de desarrollo de un medicamento,
las restricciones de selección de pacientes, su número limitado de
participantes, y el rigor científico establecido, no tiene parangón con lo que
sucede cuando el medicamento se comercializa y se expone al gran número de
variables pendientes de conocer, como las que conviven en el nuevo hábitat, en
una “jungla” de factores que se interfieren y relacionan fuera del control de
los ensayos clínicos mencionados.
El medicamento comercializado, su aspecto externo y contenidos, tanto en el
cartonaje como en el prospecto, debe de ser analizado ampliamente ya que
intervienen multitud de factores culturales y sociales en su utilización. Desde
el concepto de salud e higiene, pasando por la capacidad de entendimiento del
usuario, a criterios vagamente establecidos donde el usuario no formado puede
pensar que dicho medicamento es “efectivo y seguro”; o bien, pretender que los
pacientes respondan como el “promedio” de los que han participado en ensayos
clínicos controlados.
Tenemos que tener en cuenta que el paciente o el usuario puede no tomar el
medicamento que el médico le prescribió, o no seguir sus instrucciones
(incumplimiento terapéutico), o tomar la dosis equivocada, con intervalos
erróneos, y durante un tiempo inadecuado; o bien, tomar una medicación
concomitante (fitoterapia, EFPs, etc.). Asimismo, el paciente puede que no haya
entendido bien al médico porque tiene sordera, alteraciones visuales, o vive
solo, o es un anciano, o también porque toma alcohol, psicofármacos, o productos
que producen drogodependencias.
Dicho esto, la farmacología social tiene por objetivo el medicamento
comercializado, envuelto en los objetivos de la salud pública y por tanto, está
íntimamente relacionada con el individuo y la sociedad. Si la representáramos en
un triángulo equilátero, estaría el medicamento en el centro, y en los vértices
la Administración, la industria farmacéutica y los profesionales sanitarios. El
paciente aparecería con mayor peso para la Administración, seguido de los
médicos, y la industria. Todo ello en un entorno que es la sociedad.
La farmacología social no es exclusiva de unos pocos, o del farmacólogo social,
sino que incluye a multitud de profesiones que directamente o indirectamente
tienen que ver con el medicamento: médicos, especialistas, veterinarios,
farmacéuticos, enfermeras, farmacólogos, académicos, sociólogos, legisladores,
economistas, periodistas, políticos, trabajadores sociales, biólogos,
consumidores, epidemiólogos, informáticos, educadores, psicólogos, expertos de
la industria farmacéutica, estadísticos, etc.
La farmacología social no aborda ni la gestión de la atención médica (“managed
care”) ni la salud mental o del comportamiento. Ni tampoco es exclusivamente,
auque si pertenecen a una parte, los problemas de la drogadicción, la gestión de
la salud, la “farmacovigilancia”, o la atención farmacéutica.
Investigación de los medicamentos en la vida real
Hemos de entender la farmacología social como la evaluación de las consecuencias
sociales de la exposición a medicamentos por el individuo. La investigación
permanente de cómo se utilizan los medicamentos para obtener un conocimiento del
valor añadido que aportan los medicamentos. El análisis de los factores sociales
que explican cómo se utilizan los medicamentos fuera de la estructura sanitaria.
En definitiva, un análisis permanente de la relación entre la industria, la
Administración, los profesionales sanitarios y la sociedad.
Por lo tanto, la farmacología social consiste en la investigación del
medicamento en la vida real que éste tiene, evaluando sus consecuencias para la
sociedad y el paciente, la administración, la prestación de cuidados médicos, y
los manufacturadores. Como ciencia, se entiende como un sistema integrador entre
los distintos profesionales, que mide el efecto y las consecuencias de los
determinantes más importantes del uso de medicamentos, con sus interacciones y
dentro de un entorno especializado. Afecta a la gestión de los medicamentos
comercializados, de tal manera que maximiza sus beneficios (efectividad) y
minimiza sus efectos negativos (seguridad) y consecuencias económicas.
Particularmente potencia la eficiencia.
En definitiva, la farmacología social es interdisciplinar. A efectos de crear
una clara diferenciación con la “atención farmacéutica” (farmacéuticos), ésta
última es un escalón de los múltiples que tiene la farmacología social. La
atención farmacéutica es también farmacología social, pero no a la inversa.
Esta nueva disciplina estudia el fármaco comercializado (medicamento) en una
sociedad plural y en una estructura multidisciplinar. La farmacología social
responde a nuevas demandas sociales, y genera por otra parte un mecanismo de
alerta. Estimula la investigación de los medicamentos en su vida real, e
interpreta el ciclo de vida de un medicamento en su hábitat.
José Luis Alloza
Departamento de Farmacología Facultad de Medicina
Universidad de Alcalá de Henares (Madrid).
Fuente: AZPrensa