Jaume Padrós i Selma
Secretario del Colegio de Médicos de Barcelona (COMB) y
Secretario del Consejo de Colegios de Médicos de Catalunya (CCMC).
Barcelona.
HUMANITAS Humanidades Médicas, Tema del mes on-line N 41,
julio 2009 1
APROXIMACIÓN A UN PROBLEMA
El asunto de la salud de los médicos ha sido de siempre
controvertido. La sociedad en general ha atribuido a los
médicos una supuesta posesión de invulnerabilidad ante la
enfermedad, como si la misma condición de galeno llevara
consigo un mágico escudo protector. Parecería que el acceso
a ese conocimiento ajeno al resto de mortales les permitiera
incluso poseer el secreto de la permanente y eterna salud.
Y, como no podía ser de otra forma, los médicos han
participado de ese subconsciente colectivo, siendo de
siempre y en la práctica incapaces de asumir adecuadamente
la condición de paciente cuando la situación lo requería.
En
esas circunstancias, cuando el médico enferma, éste suele
actuar por exceso o por defecto, pero en todo caso lejos de
lo que él mismo acostumbra a recomendar a sus pacientes. Y
lo que es peor, no sabe o es incapaz de pedir ayuda. Y
cuando la afección o el trastorno está en la esfera mental o
se relaciona con alguna adicción, la respuesta es aún más
negacionista, llegando incluso a arrogante y prepotente.
Dicho de otra manera, en términos populares, “en casa del
herrero, cuchara de palo”.
Sin embargo, algunos autores sugieren con razón que el haber
podido asumir la condición de enfermo le puede llevar a una
transformación positiva y espectacular en términos de
humanidad, incluso espiritual. Una visión distinta sobre el
sufrimiento de los demás, una mayor capacidad de
transferencia y comprensión. En definitiva, una oportunidad
para el cambio en la relación médico-enfermo 1. Por ello,
estos mismos autores sugieren que se debe conocer y
profundizar aún más la gestión del proceso del médico con
problemas de salud más allá del puro análisis diagnóstico y
del tratamiento psiquiátrico. En la misma línea argumental,
en el film “The Doctor”, de Randa Haines y basada en el
libro del mismo título de Robert Caswell, se aborda con
acierto la situación de un médico cirujano cardiaco, de
actitud prepotente y despótica, que debe enfrentarse a un
diagnóstico repentino de cáncer, a una enfermedad que le
convierte en un paciente ordinario de su propio hospital.
Por primera vez en su vida se ve obligado a sentir lo que
todos los pacientes sienten, y a confiar ciegamente en un
sistema médico que no es infalible, con su eterna
burocracia, sus exámenes humillantes, sus imponentes
aparatos, y sus abarrotadas salas de espera. Y en ese
tránsito, y debido también a la relación que establece con
los propios enfermos con los que comparte diagnóstico,
tratamiento e incertidumbre, y se sumerge en una crisis
personal que tendrá repercusiones en todos los ámbitos de su
vida, lo que le supone una oportunidad para el cambio de
valores, prioridades y actitudes.
Dejando aparte los factores individuales, desde la formación
de pregrado y durante todo el tiempo de ejercicio
profesional el médico se ve sometido a un estrés importante.
La competitividad académica, el proceso de una formación
continuada permanente y una puesta a punto constante, la
autoexigencia, la presión asistencial, las expectativas de
los pacientes y sus familias, el miedo y la realidad de las
demandas y reclamaciones, los errores y sus consecuencias,
el trabajo en solitario, o en organizaciones donde se tienda
a la despersonalización de la relación médico-paciente y a
la limitación de la capacidad de autonomía en la toma de
decisiones o en la organización de su propio trabajo, todas
ellas aparecen como factores reales de génesis del estrés
profesional del médico. Sin olvidar el fenómeno de exceso de
información para uno mismo que a menudo ayuda a distorsionar
la realidad y el pronóstico de la propia enfermedad y el
miedo a la estigmatización por parte de los pacientes y de
los propios colegas. Uno de estos perfiles, caricaturizado
en el medio televisivo, lo encontramos en el personaje de la
serie Dr. House. Pero, lejos de la ficción, olvidamos el
solitario trance, a veces dramático, en el que debe convivir
el médico con sus problemas 2.
De hecho, en algunas organizaciones profesionales como la
BMA -en nuestro país existe alguna experiencia emergente
como la que llevan a cabo en la delegación del Colegio de
Médicos de Barcelona en la comarca del Bages, en Barcelona-
se ha llegado a proponer la existencia de la figura de
médico de médicos, alguien que conozca a fondo las
peculiaridades de un médico enfermo y en un contexto en el
que se superen los miedos existentes a la estigmatización y
a la pérdida de confidencialidad 3.
Todo ello adquiere mayor trascendencia por cuanto son muchos
los valores éticos que se manejan y, porque, en definitiva,
de la salud del médico depende también la capacidad de éste
para ejercer correctamente. Por ello, no sólo deberíamos
referirnos a un problema específico de los profesionales de
la medicina, sino más bien, y en cuanto puede tener
consecuencias sobre los ciudadanos, a un problema de salud
pública.
En este contexto, algunas organizaciones profesionales en
los EEUU, Canadá, Australia y Nueva Zelanda iniciaron en la
década de los 70 una serie de programas asistenciales
dedicados de forma específica a los trastornos mentales,
pero sobre todo a los relacionados con adicciones y que
podían afectar a la praxis de esos profesionales. Todo ello
fruto de la preocupación ciudadana por la mejora de la
calidad asistencial de los servicios sanitarios.
En EE.UU. se promulgaron leyes y reglamentos que
establecieron controles de calidad tanto para el ejercicio
como para los propios procedimientos clínicos.
Concretamente, en 1969 y 1971, respectivamente, los Comités
Médicos de los estados de Texas y Florida promulgaron
iniciativas con la finalidad de establecer un marco definido
de actuaciones para la profesión que regulase las
actuaciones en casos de médicos en ejercicio que padecían
enfermedades mentales y/o adicciones.
En 1972, la American Medical Association (AMA) publicó el
informe “El médico enfermo” (The Syck Physician), que
contenía citas bibliográficas de artículos que se referían a
este problema, al mismo tiempo que reclamaba respuestas
responsables a la propia comunidad médica y a los
responsables sanitarios y políticos 4.
En Europa las iniciativas llegaron más tarde. En algunos
países, como Noruega, Suecia o Reino Unido, se empezaron a
desarrollar en la década de los 80 algunos programas
aislados que fundamentalmente tenían un perfil de autoayuda
y que eran de carácter voluntario 5 , al mismo tiempo que se
desarrollaron líneas de investigación y estudios sobre
poblaciones de profesionales sanitarios, así como guías de
actuación específicas 6.
No fue hasta 1998 cuando se creó en Europa desde una
organización profesional y con el apoyo de la administración
sanitaria pública el primer programa de abordaje integral de
los problemas de salud de los médicos, específicamente
mentales y/o de adicciones.
Se trataba del PAIME (Programa de Atención Integral al
Médico Enfermo) -el original, PAIMM en catalán-7,8, que creó
e impulsó el Colegio de Médicos de Barcelona (COMB) y al que
posteriormente se sumaron los otros tres colegios catalanes
y que contó desde el primer momento con el apoyo
institucional y económico del Departamento de Sanidad de la
Generalitat de Cataluña. En los últimos años, en el Reino
Unido se han puesto en marcha algunas iniciativas de
distinto cariz pero con similares objetivos, como el
Programa Doctors for doctors3 de la British Medical
Association, las unidades de asesoramiento del General
Medical Council 9 y el National Clinical Assessment Service
(NCAS)10 y el Practitioner’s Health Pro ramme, ambos del
National Health Service (NHS) 11.
En estos más de diez años de existencia, el PAIMM ha
conseguido consolidar una oferta de alto nivel para los
profesionales sanitarios de Cataluña y de España. En el año
2002 su propuesta se amplió al colectivo de enfermería con
el programa RETORN. Y en la actualidad, prácticamente no hay
Comunidad Autónoma o colegio de médicos en España que no
disponga de un programa específico teniendo al modelo
catalán como referente conceptual y asistencial.
Fruto de toda esa exitosa experiencia, y también como
resultado de reflexiones alrededor de los factores que
puedan condicionar el estrés, el malestar y la enfermedad
del médico, surgió la iniciativa propulsada igualmente por
el Colegio de Médicos de Barcelona y el Consejo de Médicos
de Cataluña de crear la Fundación Galatea, que no sólo debía
encargarse de la gestión de los programas asistenciales
PAIMM y RETORN, sino que debía ser un instrumento para el
conocimiento y el análisis del estado de salud de los
profesionales sanitarios y, al mismo tiempo, de los factores
de riesgo para poder diseñar conjuntamente con las
organizaciones profesionales y sanitarias estrategias de
prevención y mejora 12.
Desde la Fundación Galatea constatamos la evidencia de que
en el ejercicio de una profesión como la medicina, con un
fuerte compromiso social y que a menudo comporta una gran
implicación en el trabajo, la presencia de elementos de
presión de origen diverso podía eventualmente hacer difícil
el mantenimiento de las condiciones óptimas para un
desarrollo saludable por parte de médicos.
Así, analizando todos esos años de funcionamiento del PAIMM,
se ha evidenciado la necesidad de profundizar aún más en el
estudio y el conocimiento de los factores de riesgo y de los
grupos profesionales sometidos a mayor riesgo, y poder
prevenir así la aparición del síndrome de desgaste
profesional (burn-out) y del estrés patológico como
apuntaban hace tiempo algunos autores de reconocido
prestigio13. Si se tuviera que resumir la filosofía que
inspira la existencia de la Fundación, esa síntesis podría
encontrarse en una frase del cirujano cardíaco Mehmet Oz,
autor de You: The Owner’s Manual cuando se pregunta: “¿Quién
cuida a los cuidadores? Todos nos beneficiaríamos de la
respuesta”.
La salud de los profesionales sanitarios, pues, ligada a la
calidad de los servicios asistenciales y al funcionamiento
de las instituciones sanitarias es una cuestión que está
irrumpiendo con gran fuerza en el ámbito de los sistemas
sanitarios de los países más avanzados.
A todo ello hay que añadir los importantes cambios
demográficos habidos en la profesión médica en los últimos
dos decenios y que también han supuesto un cambio en los
perfiles de riesgo. Por un lado, una feminización
progresiva: más del 70% de los nuevos licenciados salidos de
nuestras facultades son mujeres; por otro, el fenómeno de la
inmigración de médicos provenientes de otros países que en
el último lustro incluso han sobrepasado el porcentaje de
nuevas colegiaciones. Y, por último, el progresivo
envejecimiento de la profesión 14.
En todo caso, debemos reconocer que en el proceso de la
transformación de las formas de ejercicio de la medicina han
aparecido nuevos elementos que se han identificado como
generadores de estrés entre los profesionales y que hay que
tener muy en cuenta: recursos limitados y control
gubernamental, estatus profesional inferior al del pasado,
aumento de las expectativas de los pacientes y las familias,
pleitos y denuncias, uso ilegal de drogas, aumento de la
presión asistencial, mayor envejecimiento de la población y
de las enfermedades crónicas, demanda de una asistencia
alejada de riesgos y unos medios de comunicación que muy a
menudo destacan más los aspectos negativos que los positivos
15.
Por otro lado, conocemos el efecto beneficioso y de
protección del malestar que tiene el ejercicio en equipo y,
especialmente, el interidisciplinar. En la actualidad, esta
modalidad de trabajo está muy extendida, lejos de aquella en
la que el médico ejercía en solitario, pero si el equipo no
dispone de nivel, equilibrio y liderazgo interno y externo,
se convierte en un elemento de estrés superior 15.
¿QUÉ OCURRE EN LA ACTUALIDAD CON LA SALUD DE LOS MÉDICOS?
Salud percibida
La idea del médico enfermo está poco analizada en la
profesión, probablemente por el rechazo consciente o
inconsciente de los profesionales a hacer de paciente. Se
invocan algunas razones para poder explicar esta actitud a
las que ya me he referido antes.
El miedo a la enfermedad y al sufrimiento favorece la
actitud de no valorar síntomas que en un paciente normal
adquirirían mayor relevancia. Pero el temor a la falta de
confidencialidad que puede conllevarle dificultades en la
relación con sus colegas y sus enfermos y los
‘inconvenientes’ derivados de la propia condición de enfermo
podrían ser, en realidad, las razones de más peso16.
Muchos médicos deciden hacer de médicos de sí mismos cuando
se encuentran mal. A las razones expuestas con anterioridad
se añade el hecho de que a menudo el médico pone en cuestión
las recomendaciones que recibe de un colega y que no las
sigue si no coinciden con su propio criterio17.
Por si ello fuera poco, más notable es la actitud negativa o
abstencionista de los médicos ante las revisiones periódicas
de salud, o ante las recomendaciones preventivas en general
18.
La prevalencia de trastornos crónicos es parecida a la de la
población de la misma clase social, con alguna excepción
como la presencia de mayor sobrepeso y diabetes en los
médicos varones. Sin embargo, nuestros médicos gozan de un
estado de salud percibida superior al de la población de su
mismo grupo de edad y condición social. Se ha invocado como
explicación a esto el hecho de que el término “salud” es
vivido de forma distinta, en un sentido más amplio que el
hecho de no estar enfermos. Esta actitud explicaría que los
médicos minimicen el efecto real de la falta de salud.
Hay una coincidencia generalizada entre diversos estudios
18, 19 en la alta prevalencia de malestar psicológico,
sufrimiento, sobre todo en las mujeres, significativamente
superior al de la población de su misma clase social y, en
especial, entre la población médica de menos de 45 años de
edad.
Morbimortalidad y condiciones de trabajo
Entre los años 40 y 70 del siglo pasado, los pocos estudios
epidemiológicos efectuados mostraron una disminución
progresiva de la mortalidad entre los profesionales de la
medicina en comparación con la población general en los
países del norte de Europa. Por el contrario, la tasa de
suicidios entre los médicos fue muy superior a la de la
población general, hecho que han confirmado claramente
diversos estudios posteriores 20.
La relación entre la morbididad y la mortalidad entre
profesionales de la medicina y determinadas condiciones de
vida y trabajo ha sido objeto de diversos estudios. Hay que
destacar los realizados sobre el entorno psicosocial del
trabajo, el estrés, el desgaste emocional y la depresión. En
este sentido, la satisfacción laboral es un elemento clave
en la protección de la salud mental y del desgaste
profesional 19.
Los trabajos más recientes informan de un incremento
progresivo de la insatisfacción de los profesionales en su
práctica médica, que se ha producido en los últimos años y
está muy relacionada con el malestar laboral. Esa
insatisfacción se manifiesta en forma de síntomas somáticos,
pero en el caso de las médicas en desgaste psíquico.
Asimismo, se ha demostrado que la salud de las médicas es
especialmente sensible al entorno psicosocial negativo del
trabajo. Las médicas tienen más probabilidades que los
médicos de presentar signos y síntomas de desgaste psíquico
y de pérdida de motivación profesional o burn-out 19.
Los riesgos psicosociales relacionados, pues, con el trabajo
parecen evidentes, pero difíciles de evaluar: la
inestabilidad laboral, la falta de perspectivas de
promoción, cambios no deseados, inestabilidad del estatus,
poca participación en las decisiones de las organizaciones
donde trabajan, poca autonomía en la gestión de su propio
trabajo, presión asistencial, etc.
Las características del entorno psicosocial de los médicos
difieren según el ámbito de trabajo. Así, se observa un
mayor malestar entre los profesionales que trabajan en la
atención primaria pública que entre los que trabajan en
centros hospitalarios o entre los que desarrollan su
actividad en una consulta o centro privado. En el caso de
las médicas los grados de estrés y de padecimiento
psicoemocional aparecen más elevados que en sus colegas
masculinos. Y todo ello, obviamente, se hace más evidente
cuando se asocia a contratos precarios o poco estables.
Debemos tener presente que en nuestro país la situación de
interino y de contratación temporal entre los médicos es muy
superior comparativamente a la que se da en el resto de la
población, y aún es más llamativa en el caso de las mujeres.
Se haría necesario conocer con nuevos estudios las posibles
deferencias entre centros, tanto en el ámbito de la atención
primaria como en el de la hospitalaria para poder ver hasta
qué punto las diferencias son significativas en función del
modelo de organización, gestión y promoción profesional.
La falta de conciliación familiar como factor de riesgo
La progresiva feminización de la profesión médica es un
hecho que ha ido consolidándose en los últimos años, hasta
el punto de que la mitad de los médicos en ejercicio son
mujeres y éstas suman la mayoría entre los ejercientes
menores de 50 años .
Respecto a la reivindicación de poder compatibilizar el
ámbito profesional con el familiar, ésta se halla muy
presente en la posición cultural de los médicos jóvenes,
incluso sin demasiada distinción entre géneros. De hecho,
esta reivindicación ha supuesto un cambio social muy
importante, pero es especialmente significativo en la
profesión médica, por cuanto está significando una auténtica
ruptura con el pensar tradicional, en el que la vocación
también se significaba como que uno era médico todas las
horas del día y con toda la disponibilidad personal, y la
familia no sólo debía conformarse y adaptarse, sino que
debía incluso enorgullecerse. En la actualidad, la
incomodidad personal que genera por las dificultades para
poder llevar a cabo una óptima conciliación, especialmente
en poblaciones de médicos jóvenes, y de forma singular las
médicas, es notable.
En el ámbito de la salud reproductiva diversos estudios
muestran indicadores de mayores problemas que en la
población general de su misma clase social. A pesar de las
dificultades, una mayoría de médicas han optado por la
maternidad compatibilizándola con el ejercicio. Este dato es
significativo por cuanto la tasa de maternidad en las
médicas supera a la del resto de poblaciones comparadas.
Los estilos de vida
Diversos estudios han revelado que los médicos, y en función
del sexo, tienen estilos de vida más saludables y tasas de
mortalidad más bajas que la población general, incluso
cuando se los compara con personas de su misma posición
socioeconómica. Este hecho está especialmente bien
documentado en lo referente al consumo de tabaco.
Además, las conductas de los médicos relacionadas con la
salud parecen influir en las actitudes de los pacientes y en
su motivación por cambiar su estilo de vida. En 1984 se
publicó un estudio marco en este sentido, que puso de
manifiesto que los consejos médicos dados a los pacientes
reflejaban en gran medida las creencias y comportamientos
relacionados con la salud de los propios profesionales.
El estudio realizado por la Fundación Galatea sobre los
estilos de vida de los profesionales médicos19 revela que la
mayoría de éstos practicaba con regularidad más de 90
minutos de actividad física, a pesar de que una tercera
parte mantenía un estilo de vida sedentario. Y en cualquier
edad, la población de médicas mantenía un estilo de vida más
saludable.
Respecto a los hábitos tóxicos, como el caso del alcohol, en
el mismo estudio se observan unos niveles de consumo más
bajos que los de la población general y que los de las
personas de su clase social, a pesar de que estos datos son
probablemente cuestionables, atendiendo al alto grado de
estigmatización existente entre el colectivo médico y a la
tendencia a infravalorar el problema, en caso de que exista.
Por último, el estudio de referencia indica que la mayoría
de los profesionales duerme entre 7 y 8 horas diarias. En
cambio, una tercera parte de la muestra general afirma
dormir menos de 6 horas diarias. Y los hombres, en general,
suelen dormir menos. Esto es especialmente importante, por
cuanto la privación de sueño puede hacer que aumente el
porcentaje de errores médicos y condicionar el bienestar
físico y psicológico, que puede traducirse en mayor estrés,
insatisfacción e, incluso, depresiones.
La utilización de servicios sanitarios y medicamentos
Es bien conocida la paradoja de que los profesionales de la
medicina no tienen el mismo cuidado de su propia salud que
de la de sus pacientes. La importancia de la salud de los
médicos y médicas, tanto la física como la relacionada con
el equilibrio psicológico y afectivo, es fundamental para
poder ofrecer a los ciudadanos una atención de calidad y
evitar los errores médicos.
La mayoría de los estudios consultados sobre la utilización
de servicios de salud por parte de médicos y médicas pone de
manifiesto que estos profesionales utilizan mucho menos los
servicios sanitarios formales que la población general. La
opción más frecuente es la consulta informal a los
compañeros o a personas del trabajo y la autoprescripción.
En nuestro entorno, un estudio promovido por el Colegio de
Médicos de Barcelona en el año 200017 reveló que un alto
porcentaje de médicos no tenía una historia clínica abierta
(48%), un 47% no realizaba las revisiones de salud
periódicas que ofrecía el centro de trabajo, y más de la
mitad (52%) no seguía las instrucciones del profesional al
que había consultado; otro resultado impactante fue que un
82% se automedicaba. Este estudio señala en sus conclusiones
que: “una elevada proporción de médicos adopta actitudes
inadecuadas en relación con el cuidado de su salud, lo que
hace recomendable una reflexión en la propia profesión sobre
la necesidad de cambiar estos comportamientos”.
Un elevado porcentaje de médicos consume fármacos,
especialmente antiinflamatorios. Esto se podría explicar
porque, como se ha evidenciado, los médicos presentan una
elevada puntuación en la escala del dolor, pero también por
el fácil acceso a los medicamentos. Lo realmente preocupante
es el alto porcentaje de consumo por autoprescripción de
sustancias psicoactivas.
Una situación paradigmática: el médico residente
En todo este contexto, la residencia aparece como un periodo
de aprendizaje proclive al estrés y que puede afectar al
proceso de formación. Los médicos especialistas en fase de
formación, o médicos internos residentes (MIR), se
encuentran en un periodo en el que se consolidan sus
competencias como futuros especialistas. Esta formación debe
permitirles ejercer correctamente su profesión, en
condiciones saludables, teniendo en cuenta no sólo los
aspectos técnicos, sino también los recursos para hacer
frente al impacto psicoafectivo que comporta en sí misma la
tarea asistencial y la incorporación a una institución
sanitaria.
Pero diversos estudios alertan de que este periodo de
aprendizaje también puede generar un alto grado de estrés
que, dependiendo de los factores ambientales y de la
vulnerabilidad personal del residente, puede alterar el
equilibrio psico-emocional de éste y, por añadidura,
estropear este proceso formativo. Una etapa que marcará la
vida profesional y personal. Los estudios de Medicina
conllevan ya durante un largo periodo un elevado nivel de
exigencia, que después se prolonga hasta el examen MIR. El
esfuerzo que representa la superación de estas etapas de
pregrado forma parte de un itinerario que define la vida
profesional y personal del futuro médico 21.
Otro elemento a destacar son las incertidumbres en el
tránsito de estudiante a profesional. El inicio de la
residencia pone en contacto al médico que sale del mundo
académico con el mundo de la asistencia real. Se pasa del
rol de estudiante, acostumbrado a salir con éxito de las
pruebas de un sistema conocido y “seguro”, al rol de
residente, en el que se enfrenta a una nueva realidad y
aparecen muchas inseguridades e incertidumbres.
El residente empieza a interaccionar con los pacientes de
una manera nueva y muy intensa, se encuentra con enfermos
reales, usuarios exigentes e informados, ocasionalmente
conflictivos. Pero también se enfrenta a un sistema
sanitario que le plantea dilemas éticos y morales, a la
necesidad de estar al día en conocimientos y tecnologías que
avanzan constantemente, a la necesidad de desarrollar
habilidades de comunicación y relación, y a unas
perspectivas laborales de futuro incierto.
La práctica real comporta también enfrentarse a situaciones
con una fuerte carga emocional: la muerte, el dolor, el
duelo… Esta situación se da dentro de un sistema
organizativo que no siempre dispone de las condiciones
adecuadas para dar apoyo al médico residente en este proceso
de formación y que, a veces, puede ponerlo en unas
condiciones de mayor vulnerabilidad: cansancio a causa de
las guardias, presión asistencial, difícil conciliación de
la vida laboral y familiar, cambio de lugar de residencia,
sueldo limitado, etc.
La confrontación con la realidad es lo que inevitablemente
ha de permitir que el residente sea un profesional
competente. Pero también es cierto que, históricamente,
desde la profesión médica se ha asumido este periodo como un
‘sufrimiento obligatorio’. Son frecuentes los comentarios
como: “cuando yo era residente todavía era peor”; “la vida
del residente ha de ser dura”, dando por supuesto que este
es el camino que asegura el aprendizaje correcto.
Como he significado antes, cada vez son más los estudios que
alertan sobre grados elevados de estrés, de burn-out y de
malestar psicológico en la profesión médica en general, y
estos estudios concluyen que son muchas sus causas y muchas
las consecuencias a las que pueden dar lugar. Esta no es una
cuestión que afecte de forma exclusiva a los residentes. Sin
embargo, la residencia, como periodo de formación, sería un
momento muy adecuado para proporcionar al médico habilidades
y recursos que le permitiesen tener un desarrollo
profesional saludable15, 21.
En algunos casos, la incorporación al periodo de residencia
puede dar lugar a situaciones de malestar importantes, que
interfieren en el buen seguimiento de la formación, y
también pueden actuar como desencadenante o precipitador de
una psicopatología que estaba latente en el individuo. Se
puede dar también el caso de que algunos candidatos a
especialistas presenten características patológicas de
personalidad o sufran algún tipo de patología psíquica y/o
física importante, que hagan que deba plantearse una posible
inadecuación para el ejercicio de determinadas
especialidades o, incluso, de la práctica de la medicina.
Existen una serie de factores de riesgo de malestar o de
estrés específicos en la etapa MIR, más allá de los comunes
para la profesión médica: período de formación largo,
necesidad de actualización continua de conocimientos,
contacto con situaciones emocionalmente impactantes no
vividas con anterioridad, elevada autoexigencia y manejo
inadecuado (por exceso o por defecto de autocrítica), falta
de recursos individuales para enfrentarse a las situaciones
diversas del propio ejercicio, poco tiempo para disfrutar de
actividades lúdicas y recreativas y relaciones familiares
empobrecidas. Algunas de esas situaciones ya venían
insinuándose en el periodo final de la formación de pregrado,
pero cabría añadir otras nuevas: un incremento constante de
la presión asistencial y de las tareas burocráticas,
alejamiento de la toma de decisiones asistenciales que
después afectan a la práctica clínica, poco apoyo y
supervisión clínica, poco trabajo en equipo, poco
control de las condiciones de trabajo, incremento del número
de denuncias y litigios contra médicos, mayor control
político sobre el trabajo y, por último, la presión de los
medios de comunicación.
En el momento de su incorporación, el residente se ve
obligado a responder a las necesidades de los pacientes y de
la institución, mientras sus competencias básicas están en
proceso de construcción. La vivencia de que las
responsabilidades exigidas por el sistema son excesivas y
prematuras es habitual en esta etapa, y la sensación de que
el aprendizaje del rol se hace sobre la marcha, por ósmosis,
al ver qué hace otro médico, sin razonarlo, es bastante
común. El estrés, el desánimo, el distanciamiento... Sea más
o menos afortunada, esta situación conlleva siempre un nivel
de estrés de adaptación, y la consecuencia puede ser la
desilusión y el desánimo. A esta circunstancia se añade el
hecho de que las formas de respuesta al estrés, por parte de
los profesionales y las organizaciones sanitarias, tienden
al distanciamiento y la deshumanización.
Estos son los mecanismos que, a veces, el residente aprende
rápidamente como estrategia para hacer frente al estrés. Hay
que insistir en que el manejo de la ansiedad y del estrés
requieren un aprendizaje. Incluso en los casos en que puede
haber un buen apoyo para el aprendizaje técnico, con la
adquisición progresiva de responsabilidades y la supervisión
de un superior, se puede olvidar el carácter global del
aprendizaje. Factores como la necesidad de ser competitivo
(situación en la que la excelencia técnica y la necesidad de
publicar en revistas con impact factor es lo que muy a
menudo más cuenta), la necesidad de tomar decisiones a pesar
de la inseguridad, la sensación de falta de supervisión y
apoyo, la presión asistencial para dar altas, para evitar
ingresos, las discusiones con otros estamentos, enfrentarse
a la exigencia de algunos usuarios y profesionales, las
agresiones verbales y físicas, la falta de ayuda por parte
de otros compañeros, el desorden horario (con privación de
horas de sueño) pueden condicionar negativamente la
formación integral y la adquisición de hábitos saludables
por cuanto son en la práctica la
fuente principal de malestar psicológico en esta etapa.
Las relaciones personales y el tiempo libre juegan asimismo
un papel fundamental en el equilibrio psicoemocional. Los
residentes pueden experimentar la sensación de que no tienen
suficiente control sobre sus vidas durante la residencia.
Por otro lado, surgen a menudo problemas en el entorno
familiar, más aún si la pareja también es un residente. Se
debe remarcar la importancia de los vínculos familiares y
sociales como elementos de protección ante el estrés y el
malestar. La incorporación de las mujeres a la profesión
médica está creciendo de forma rápida, y la posibilidad de
embarazo durante la residencia es elevada. A pesar de la
existencia de una legislación favorable a la
compatibilización de la vida familiar y laboral en nuestro
país, su aplicación aún no es efectiva en todos los puestos
de trabajo, y a veces predomina la cultura del eficientismo,
se infravalora la importancia de la salud de la embarazada y
los cuidados que necesitan los hijos y la familia en esta
etapa de la vida.
El médico ante la jubilación
En una profesión como la medicina, que generalmente se
ejerce de forma activa y con gran implicación, el momento de
la jubilación tiene unas repercusiones personales que a
veces pueden conducir a situaciones difíciles. Tal y como
ocurre con otros temas, la actitud de los médicos ha sido
siempre la de minimizar los propios problemas. Actitud
compartida en la práctica por las propias organizaciones e
instituciones en las que trabajan.
Existe una cierta variabilidad en la forma como los médicos
afrontan su jubilación y, por consiguiente, en el nivel de
preocupación. Ésta no se ciñe sólo a los aspectos
económicos, sino al cambio de estatus personal, y se hace
más evidente ante la aproximación de la jubilación; en la
práctica es un problema ignorado no sólo por los propios
médicos sino por la mayoría de las organizaciones
sanitarias.
La profesión de médico se representa en la mayor parte del
colectivo como una profesión principalmente vocacional, de
manera que el placer del ejercicio compensa los grandes
sacrificios que se deben hacer: una formación larga y
exigente que debe actualizarse permanentemente, horarios que
dificultan la conciliación con la vida familiar y social,
tensión, etc. La satisfacción laboral es vista, así, como
una cualidad intrínseca del ejercicio. Esta vocación lleva a
mantener una dedicación que llena una parte importante de la
vida cotidiana mayor aún que en otras profesiones, y que
acaba implicando el proyecto vital y la figura identitaria a
escala personal y social. El reconocimiento profesional y
social constituye una dimensión importante en sus vidas 22.
La jubilación, de hecho, supone un cambio de todo este
escenario y, por tanto, para muchos médicos un riesgo y una
amenaza. Para unos, una incapacidad potencial para adaptarse
al cambio; para otros, una oportunidad; para los menos, una
liberación.
Sea como fuere, lo que en sí es un derecho es vivido con
frecuencia como una pérdida dolorosa, una ruptura no
deseada, incluso, a veces, como un empobrecimiento
comparable con la muerte de un ser querido; una incapacidad
para dar sentido a una nueva etapa vital para dar sentido y
contenido a la cual uno no estaba preparado; un temor a
redefinir su propia identidad personal y social, al margen
de la profesional, más aún si aquélla había quedado muy al
margen22.
Muchos médicos expresan dificultad para anticipar;
incapacidad para haber formulado con anterioridad planes
preventivos tanto económicos como de desarrollo personal,
así como de adquisición de hábitos previos en el ámbito de
las relaciones familiares y sociales, en general, pero
también con respecto a la participación, la cultura, el
ocio, el deporte, etc.
Son bastantes los profesionales que manifiestan incapacidad
para gestionar la incertidumbre y aplicar respuestas
proactivas ante la duda de cómo se replanteará la
composición de la red de relaciones a partir del abandono
progresivo de las procedentes del ámbito profesional. Y como
ocurre en los temas de salud, los médicos suelen mantener un
discurso ambivalente ante la jubilación. Comprensivo con los
demás, incluso proactivo, y en cambio negativo o desdeñoso
para consigo mismo.
En este contexto es frecuente identificar en los años
previos a la jubilación el desarrollo de mayor malestar y
ansiedad entre algunos facultativos. El momento en que ésta
se produce puede conllevar elevados grados de
vulnerabilidad, y dependerá de cómo haya transcurrido ese
tránsito, del grado de anticipación y de la existencia en
mayor o menor medida de recursos personales y del entorno
que podamos observar psicopatología, especialmente
adaptativa, en forma de ansiedad y depresión.
¿QUÉ OCURRE, PUES, CUANDO EL MÉDICO ENFERMA?
Como ya he comentado antes, cuando los profesionales
sanitarios, especialmente los médicos, enferman, en general
no acuden al sistema sanitario como el resto de los
pacientes ni actúan como ellos mismos recomiendan17, 23.
Además, cuando padecen enfermedades mentales o adictivas
tienen miedo a ser identificados por sus pacientes y
colegas, y de perder su prestigio y, eventualmente, su
puesto de trabajo. Como consecuencia, esconden su problema y
no piden ayuda.
Se han inferido distintos factores que influyen en la
actitud de los médicos ante su propia salud: conocimiento
experto de la enfermedad, de los medios de diagnóstico y de
la terapéutica al uso, conocimiento del ambiente y del
funcionamiento de los centros sanitarios, apreciación de los
límites de sus conocimientos, facilidad para automedicarse,
miedo a la muerte, ausencia de abordaje de estas cuestiones
en la formación de pregrado y en el periodo de residencia y
el tópico extendido en el ambiente sanitario de que “sólo
pueden estar enfermos los pacientes”.
Por otro lado, la evidencia del mal usos de los servicios
sanitarios cuando los médicos acceden al sistema de salud
para recibir ayuda se concreta en actitudes peculiares, como
son el hecho de que un porcentaje elevado de las consultas
se hacen en los pasillos o por teléfono, o que para evitar
hablar de los problemas de uno mismo se hace referencia a un
supuesto tercero, o no seguir los circuitos administrativos
ordinarios, no seguir las indicaciones terapéuticas
recibidas de otro colega, la automedicación, no soportar las
salas de espera y no aparentar debilidad/fragilidad ante los
colegas incluso, a veces, manifestando una cierta actitud de
autosuficiencia e incluso de prepotencia (“yo ya sé lo que
debo hacer”, ”yo ya controlo”).
Pero, por otro lado, los propios médicos no solemos
responder adecuadamente cuando somos nosotros los receptores
de una consulta de un colega. Ejemplos ilustrativos los
tenemos cuando no se cita al compañero consultante en
nuestro despacho, no abrir la correspondiente historia
clínica, no derivar el caso cuando se trata de un amigo o
familiar, no advertir al médico paciente cuando éste no
sigue las pautas indicadas o cuando se minimizan de forma
imprudente los problemas planteados.
Si tenemos en cuenta que un nada despreciable porcentaje de
médicos consume sustancias para intentar mantener su
actividad profesional (Laure, 2003) y el fácil acceso que
tienen a sustancias potencialmente adictivas mediante
autoprescripción reconocida, o que pueden llegar a grados
elevados de estrés o incluso de burn-out (Canadian Physician
Health Program, 2003), es fácil inferir la existencia de un
riesgo evidente para su propia salud y un condicionante
negativo para su praxis, con el riesgo igualmente importante
para la salud de los pacientes.
Por otro lado, a esa actitud inadecuada sobre su salud se le
añade una estigmatización de este tipo de enfermedades entre
el propio colectivo médico (muy superior que entre la
población general), agravada por la ausencia de una
percepción de mínima garantía de confidencialidad y de un
miedo -incluso pavor- a ser reconocido o identificado por
los propios pacientes. El mensaje ha llevado al desarrollo
de una actitud de conmiseración del conjunto de la
profesión, basada en una cultura de silencio y de
corporativismo mal entendido, probablemente reforzada por
una respuesta más punitiva y disciplinaria por parte de las
instituciones y organizaciones sanitarias y la incapacidad
de ofrecer programas de de ayuda y garantes de derechos.
No podemos obviar el componente individual que puede
precipitar el desencadenamiento de estas psicopatologías. Un
perfil de personalidad perfeccionista, poco flexible,
exageradamente disciplinada y autocrítica desajustada
sugiere una mayor vulnerabilidad en el ejercicio de la
medicina24. Tampoco se han de olvidar las específicas
condiciones en las que desde la formación de pregrado hasta
la jubilación se desenvuelve la vida de un médico y que, a
menudo, pueden ser factores desencadenantes de malestar
emocional.
Sea como fuere, la existencia de un médico con una
enfermedad mental y/o un trastorno adictivo conlleva una
evolución natural en la que la autoprescripción y el retraso
diagnóstico configurarán una cronificación del proceso con
consecuencias muy negativas tanto en la esfera personal,
familiar y social como en el propio entorno profesional.
Son muchos los estudios en los que se ha planteado qué
porcentaje de médicos puede verse afectado por este tipo de
problemas. A pesar de la variabilidad, existe un cierto
consenso en aceptar que aproximadamente 1 de cada 15 médicos
podría llegar a presentar tales problemas a lo largo de su
vida profesional, estimada en 40 años .
En cualquier caso, las consecuencias indeseables son graves.
Esta situación dramática afecta a la familia, a las
relaciones sociales27 y al entorno profesional, y puede
entrañar un riesgo de mala praxis y de negligencia que
pongan en peligro la salud y la integridad de los pacientes.
Paradójicamente, serán estos profesionales los peor
atendidos en términos de salud. Todo ello podría abocar,
finalmente, en la aparición de denuncias, así como de
situaciones de absentismo y de conflictividad laboral, y en
un uso indebido de los recursos sanitarios 15, 19.
En definitiva, un problema de salud pública con
repercusiones profesionales y sociales que deberían ser
minimizadas, tratadas y, a ser posible, prevenidas, más aún
cuando la experiencia clínica demuestra que puede ser
abordado de forma eficaz, sobre todo cuando el abordaje y el
tratamiento se realiza a través de programas específicos
como el PAIMM. De hecho, las psicopatologías más frecuentes
que afectan a los médicos (depresión, alcoholismo y
trastornos de angustia) tienen tratamientos eficaces y el
retraso en la aplicación de éstos se convierte en un factor
de agravamiento de la enfermedad y determina un peor
pronóstico.
EL ROL DE LAS CORPORACIONES PROFESIONALES
Tal y como se ha expuesto con anterioridad, los médicos
enfermos no atendidos suponen un riesgo para la salud de sus
pacientes, y son, además, causa de innumerables problemas en
los entornos familiar y laboral 27-29.
El médico enfermo, tal y como se definió en la puesta en
marcha del PAIMM, es aquel que puede ver afectada
negativamente su práctica profesional por problemas
psíquicos y/o conductas adictivas en relación con el alcohol
u otras drogas, incluidos los psicofármacos.
Los sistemas de salud europeos no tienen prevista, salvo
alguna excepción 9-11, 30, ninguna actuación especial para
prevenir y atender estos casos. Las instituciones sanitarias
no disponen de ningún programa o dispositivo asistencial
adecuado y específico para atender estos casos fuera de los
usuales para la población general. Y lo que suele suceder es
que no se haga ninguna intervención institucional adecuada,
que estos enfermos no pidan ayuda y que no acudan a los
dispositivos asistenciales normales.
Ante esa realidad, y teniendo en cuenta su función
reguladora del ejercicio y de garante de la calidad del acto
médico ante los ciudadanos, los colegios de médicos deberían
poder desarrollar intervenciones encaminadas a dar una
respuesta más proactiva. La tarea de entrada no es fácil de
implementar, por cuanto en nuestro país las corporaciones
profesionales también desempeñan una función protectora de
sus colegiados. Esa aparente contradicción pudo salvarse con
la creación del PAIMM al poder complementar la acción de
garante de la buena praxis médica y, al mismo tiempo, poder
ayudar al médico enfermo en su enfermedad y posibilitar su
rehabilitación. En esta lógica, algunas organizaciones
médicas como la American Medical Association (AMA) o la
Canadian Medical Association (CNA) instrumentaron la
creación de programas específicos para atender problemas de
salud de los médicos. Cabe destacar en este sentido la
Federation of State Physisician Health Pro rams (FSPHP)31,
que integra a la totalidad de los programas para la salud
del médico de todos los estados de los EE.UU. Al mismo
tiempo, impulsaron la edición de estudios y la publicación
de guías 3.
Para conseguir ese objetivo, el Consejo de Colegios de
Médicos de Cataluña (CCMC) impulsó en 1997, durante el
proceso de elaboración del nuevo Código de Deontología 32 ,
una reflexión sobre la necesidad de impulsar un cambio de
cultura profesional ante el fenómeno de la salud del médico
cuando ésta pudiera condicionar o poner en riesgo la de los
pacientes. De esta forma, se introdujeron dos artículos en
el nuevo Código que constituyeron la base para la creación
del Programa. Con posterioridad, el Consejo de Colegios de
Médicos de España hizo lo mismo 33.
Los artículos del Código de Deontología del CCMC aprobados
por unanimidad en asamblea general quedaron así redactados:
Art. 101. El médico que se sepa enfermo, sea conocedor de
que puede transmitir alguna enfermedad, o se vea en
dificultades para ejercer con plena eficacia su profesión,
tiene el deber de consultar a otro u otros colegas para que
valoren su capacidad profesional y seguir las indicaciones
que le sean dadas.
Art. 102. El médico que sepa que otro médico, por sus
condiciones de salud, hábitos o posibilidad de contagio,
puede perjudicar a los pacientes, tiene el deber, con la
obligada discreción, de comunicarle y recomendarle consultar
a quien le pueda aconsejar la mejor actuación, e igualmente
tiene la obligación de ponerlo en conocimiento del Colegio
de Médicos. El bien de los pacientes debe ser prioritario.
Con esa base ideológica se fundamentó la elaboración del
PAIMM, tanto en la vertiente colegial y reguladora del
ejercicio, como en la asistencial con la puesta en marcha de
un dispositivo específico basado en los principios de
confidencialidad, especialización y personalización de la
atención, abordaje integral y cofinanciación pública.
Incluso el propio Colegio de Médicos de Barcelona reforzó
aún más las bases conceptuales favorables a un cambio
cultural hacia la promoción y protección de la salud de los
propios médicos y la salvaguarda de la buena praxis a través
de los Documentos de Posición colegial Deberes éticos de los
médicos hacia su salud y la de sus familias y Deberes de los
médicos hacia otros médicos 34, 35.
Así, en septiembre de 1998 se acordó entre el Colegio de
Médicos de Barcelona (COMB) y el Departament de Sanitat de
la Generalitat de Catalunya el primer convenio de
colaboración para la creación y puesta en marcha del
Programa de Atención Integral al Médico Enfermo (PAIMM,
PAIME)34. La filosofía del Programa se ha caracterizado, en
contraste con los modelos norteamericanos, en intervenciones
no persecutorias, no punitivas (si no es absolutamente
necesario), promoviendo el acceso voluntario, preventivas y
fomentando la rehabilitación, esto es, recuperando al buen
profesional. Las características de sus intervenciones han
sido: la confidencialidad (a través de un teléfono directo y
confidencial, correspondencia postal inviolable, cambio de
identidad en el momento de ingreso en el Programa,
restricción absoluta de información a terceros, localización
discreta de la unidad de tratamiento y acceso a la unidad
reservado únicamente a los pacientes), una atención integral
(que incluye asistencia sanitaria, atención social, asesoría
laboral, formación complementaria y ayudas económicas
temporales), unidad de tratamiento específica para médicos y
enfermeras, servicios altamente especializados y
personalizados y una financiación pública en los territorios
donde se ha desarrollado el programa.
Los resultados exitosos de este programa son de sobra
conocidos. En 10 años se ha atendido a más de 1.200 médicos
catalanes, de los cuales más del 90% acudieron de forma
voluntaria. Además, un 83% están trabajando, algunos bajo
tutela de su Colegio profesional (en este periodo se han
firmado 117 contratos terapéuticos colegiales).
RETOS PENDIENTES
A pesar de la gran variabilidad de respuestas tanto a título
individual como por parte de las organizaciones
profesionales y sanitarias y de las instituciones políticas,
se debería poder ir hacia una serie de objetivos que de
manera implícita y explícita se han ido consolidando a modo
de ideas básicas como condicionantes favorables de la salud
de los profesionales y, en particular, de los médicos.
Reafirmar el cambio cultural de la profesión ya desde el
período de formación de pregrado en favor del autocuidado,
de la promoción de la salud y de hábitos saludables y de la
asunción de los roles que corresponda a cada actor cuando es
un médico el que está enfermo. Más aún, cuando la enfermedad
-de carácter mental y/o adictiva- de aquél pueda afectar a
su capacidad para ejercer correctamente. Es responsabilidad
de los médicos a escala individual, pero también en el
ámbito institucional y corporativo, desarrollar pautas
favorables al mantenimiento del bienestar, al mejor manejo
del estrés y a facilitar el tratamiento adecuado del médico
enfermo.
Los sistemas sanitarios han de garantizar a los
profesionales de la salud la misma accesibilidad al sistema
que a la población general.
El derecho a la confidencialidad en el acceso al diagnóstico
y tratamiento es importante para todos los pacientes, pero
se requieren medidas especiales para que los profesionales
de la salud accedan a los tratamientos, sobre todo cuando se
trata de trastornos psíquicos y/o adictivos porque aún son
estigmatizantes.
Se debe estimular la creación y la generalización de
programas y servicios preventivos y también asistenciales
específicos y de ubicación geográfica suficientes para que
los profesionales afectados reciban el tratamiento adecuado
y en las condiciones necesarias y cuanto antes mejor.
Las corporaciones y organizaciones profesionales deben tener
un papel central en la organización, gestión y control de la
calidad de esos programas, conjuntamente con la
administración pública, por cuanto no sólo tienen la
finalidad de atender a los médicos enfermos, sino de ser
garantes de la buena praxis médica y de la calidad de los
servicios sanitarios. Además, las administraciones deberían
apoyar esas iniciativas procurando y garantizando su
financiación.
Estos programas deberían tener una clara vocación
preventiva, intentando facilitar a todos los profesionales
sanitarios, enfermos o no, las condiciones más idóneas para
que los problemas que se detecten sean abordados con la
mayor rapidez y efectividad posibles.
Con el mismo énfasis, se debería promover el cambio hacia
fórmulas de organización y de gestión dentro de las
organizaciones sanitarias que eviten o minimicen el estrés
innecesario. La aplicación de nuevas tecnologías debería
servir para este cometido. Así, burocracia, papeleo y demás
funciones no propiamente asistenciales ocuparían menos
tiempo del profesional. Por otro lado, se debería estimular
la promoción y consolidación de liderazgos, la cohesión de
los equipos, la interdisciplinariedad, la participación
efectiva, y la autonomía real en las decisiones y en la
organización del propio trabajo, sin olvidar las políticas
laborales a favor de una real y equitativa conciliación
entre el mundo laboral y familiar. Así mismo, el desarrollo
de formas de reconocimiento y de desarrollo profesional y
también del mismo proceso de la jubilación dentro del propio
sistema sanitario, y en cada institución u organización en
un contexto de defensa de valores que sustenten esos
cambios.
En este último contexto también se debería caminar hacia una
mayor individualización y flexibilización de la transición
de los médicos a la jubilación, posibilitando un tránsito
menos traumático y, al mismo tiempo, facilitando el
reconocimiento social y entre el resto de colegas de la
profesión.
Las instituciones sanitarias y las organizaciones
profesionales deberían también llevar a cabo acciones
formativas de preparación a la jubilación en un sentido
positivo, en especial para las actuales generaciones, en las
que el ejercicio ha ocupado la mayor parte de su tiempo
vital. Recuperar espacios vitales (o aprender a
trabajarlos), como las relaciones familiares, sociales y
otros focos de actividad, a fin de facilitar más el proceso
de adaptación. Así mismo, deberían incentivar la existencia
de ámbitos de participación formal dentro de la propia
profesión.
Teniendo en cuenta que el colectivo médico gozará también
del beneficio de la mayor esperanza de vida, sería
igualmente recomendable concienciar a las generaciones más
jóvenes de que planifiquen con tiempo el cambio y las
necesidades eventuales de todo tipo que pueden llegar con el
retiro.
Por otro lado, se hace imperioso el reconocimiento práctico
y activo de los médicos veteranos, aumentando su
consideración, reconociendo su experiencia, capacidad y
utilidad para las organizaciones donde trabajan. Esto
pasaría por un cambio profundo de los valores de las
organizaciones y por el fomento del compromiso entre éstas y
el médico. Obviamente, este cambio debe ser coherente con la
necesidad de orientar de forma adecuada los aspectos
referidos al desarrollo profesional, la promoción, y otros,
de los profesionales en ejercicio, ya subrayados con
anterioridad.
En definitiva, acciones que permitan a estos médicos, a
pesar de ser jubilados, aparecer como personas con
suficiente capacidad y experiencia para hacer frente a
cualquier dificultad y poder continuar siendo considerados
para siempre como médicos ante sus colegas y ser reconocidos
socialmente como individuos que han hecho un bien por los
demás. De esta forma, conseguiríamos la continuidad
biográfica, no sólo de su identidad, sino también de su
status.
En todo este contexto de cambios, se debería reforzar los
valores del profesionalismo: compromiso, espíritu de
servicio, capitalización y personalización de la relación
médico-enfermo, autorregulación bajo los principios de buena
praxis, la excelencia y el respeto a la autonomía del
paciente.
En este sentido, se debería poner énfasis en los esfuerzos a
realizar en la etapa de formación del médico, tanto en el
pregrado como durante la residencia, para conseguir médicos
competentes, de acuerdo con las tesis de R. Epstein en el
sentido de capacitarlos para el uso de manera habitual y
razonable de la comunicación, los conocimientos, las
habilidades técnicas, la capacidad para tomar decisiones
basadas en la evidencia, las emociones, los valores y la
reflexión en beneficio del individuo y de la comunidad que
se atiende. En otras palabras, nadie puede convertirse en un
profesional sin disponer de un corpus de conocimientos
específicos y un grado de experiencia suficiente, pero
asentados sobre una base que tiene que ver con la persona,
su actitud y su madurez psicológica, ya que es todo este
conjunto el que define y cualifica al profesional.
Un entorno profesional competente protege del estrés. En
esta línea, J. Firth Cozens demuestra, en sus estudios
longitudinales sobre la salud psicoafectiva de los médicos,
que los profesionales que se sienten parte de un equipo, y
que reconocen una tutoría y supervisión afectiva y cercana
de su tarea, sufren menos estrés. En definitiva, un entorno
profesional competente, tanto en los aspectos técnicos como
en los estilos relacionales y desde el periodo de
residencia, es un factor básico para una formación y es un
protector frente al estrés. En cierta manera el residente se
“moldea” según la unidad docente en la que se ha formado,
según el servicio donde ha estado, según el tutor que ha
tenido. En esta línea, la Fundación Galatea ha editado un
tríptico dirigido a los MIR en el que se orienta al
residente en las prioridades para ser un buen profesional y
en la adquisición de habilidades y hábitos saludables 36.
Todo ello debería hacernos pensar también en la influencia
que pueden ejercer tanto el desgaste de los profesionales
como las disfunciones de los servicios y otras situaciones,
y la necesidad de tener todo ello en cuenta a la hora de
considerar quién puede llevar a cabo funciones docentes.
Los MIR deberían pasar exámenes de salud periódicos. Las
actuaciones del servicio de prevención de riesgos laborales
van encaminadas a disminuir la carga de los factores de
riesgo laboral que están relacionados con las condiciones de
trabajo y que pueden ser causantes de enfermedades. Por
tanto, es importante que los MIR adquieran el hábito de
realizar los exámenes de salud periódicos estipulados en
función de los diferentes riesgos laborales a los que estén
sometidos.
Agradecimientos
Deseo manifestar mi profunda gratitud a todas las personas e
instituciones que han hecho posible la creación y el
desarrollo de la Fundación Galatea y sus programas
asistenciales, de estudio y de promoción de la salud de los
profesionales sanitarios. Con su generosa apuesta y decidido
soporte ha sido posible construir en el subconsciente
colectivo la idea de que una de las mejores maneras de
defender a la profesión y a la población atendida es poder
cuidar bien a los que nos cuidan.
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HUMANITAS Humanidades Médicas, Tema del mes on-line N 41,
julio 2009 19
Fuente: Diariomedico.com